10 junio 2012

Esto es mi cuerpo | La Puerta de Damasco



De La Puerta de Damasco , por Guillermo Juan Morado



La solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo nos impulsa a “venerar” el sagrado misterio de la Eucaristía. “Venerar” es respetar en sumo grado a alguien o algo que lo representa y recuerda. “Venerar” es también tributar culto a Dios y a las realidades sagradas. Perder el sentido de la veneración hacia lo sacro sería un síntoma de alejamiento de la religiosidad y de la fe.



La Iglesia venera la sagrada Eucaristía porque en este Santísimo Sacramento están “contenidos verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo y, por consiguiente, Cristo entero” (Concilio de Trento). Venerar la Eucaristía es venerar a Jesucristo mismo, Dios y hombre, que, por la fuerza de su palabra y la acción del Espíritu Santo, transforma el pan y el vino en su Cuerpo y su Sangre.



En la celebración de la Santa Misa se expresa principalmente esta veneración; no sólo internamente, sino también de modo externo. El evangelio según San Marcos deja constancia de cómo Jesús eligió para celebrar su Cena “una sala grande, arreglada con divanes” (Mc 14,15). La fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía exige que la disposición del templo, la música de la celebración, los ornamentos y los objetos sagrados sean bellos y nobles.



También nosotros, interna y externamente, debemos traslucir este espíritu de veneración cada vez que participamos en la Santa Misa. No podemos asistir a la Eucaristía vestidos de cualquier modo; no podemos estar más pendientes del reloj y de la hora que del Señor; no podemos convertir la celebración de la Pascua de Cristo en un puro trámite, en un mero “cumplimiento”. Las inclinaciones profundas, las genuflexiones bien hechas, la observancia del silencio adorante, el saber arrodillarse cuando es el momento, son gestos que van más allá del formalismo y de la pura corrección.


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