08 julio 2012

Cuando la cercanía se convierte en obstáculo | La Puerta de Damasco



De La Puerta de Damasco , por Guillermo Juan Morado



Homilía para el Domingo XIV del Tiempo Ordinario (ciclo B)


La testarudez y la obstinación de los israelitas experimentada por los profetas (cf Ez 2,2-5) es, igualmente, vivida por Jesús. No es la primera vez que el Señor se ve rechazado. Ya se habían opuesto a Él los endemoniados – “¿Qué tenemos que ver contigo, Jesús Nazareno?” (Mc 1,24) - y las autoridades religiosas – “¿Por qué habla este así? Blasfema” (Mc 2,7) - . Incluso los habitantes de una ciudad no judía le rogaron “que se alejase de su región” (Mc 5,17). Pero nunca, hasta el momento, había sido rechazado en su ciudad natal, en Nazaret, en su tierra, entre sus parientes y en su casa (cf Mc 6,1-6).


Los más próximos deberían ser, en principio, quienes se mostrasen más propicios a la hora de acoger su mensaje. Máxime si, al oírlo hablar en la sinagoga, se asombraban de su sabiduría y de los milagros que brotaban de sus manos. Sin embargo, “desconfiaban de él”, a pesar de que lo habían visto nacer y de que conocían a su madre y a sus familiares cercanos.


¿Cuál es la causa de esta hostilidad? Explicando las parábolas el Señor había advertido que “los que están fuera”, los incrédulos, miran y no ven; oyen y no entienden (cf Mc 4,11-12). Miran las obras de Jesús, sus milagros, pero no llegan a la fe, sino que las atribuyen al poder de Satanás y no a la fuerza de Dios. Oyen la predicación, pero no la entienden y confunden con una blasfemia la proclamación de la misericordia de Dios.


Lo que escandaliza de Jesús es su cercanía; la proximidad inaudita de Dios. Lo que escandaliza es la realidad de la Encarnación por la que el Hijo de Dios, sin dejar de ser Dios, se hizo hombre. Resulta más soportable, para quien quiere obstinarse en no creer, un Dios lejano que renuncia a hacerse presente en nuestras vidas con la novedad de su palabra y con la eficacia de sus acciones. Ante Jesús no se cohíbe “el sarcasmo de los satisfechos” y el “desprecio de los orgullosos” (cf Sal 122).


Jesús se extrañó de la falta de fe de sus convecinos y no pudo hacer allí ningún milagro. Pese a todo, curó a algunos enfermos imponiéndoles las manos. Incluso en medio de un ambiente contrario, de resistencia a creer, Jesús sigue desplegando la potencia de su misericordia.


La actitud de los habitantes de Nazaret puede ser la nuestra. Resulta sorprendente comprobar como muchos, incluso personas que se dicen cristianas, no tienen reparo a la hora de acudir a supuestas vías de salvación que llaman la atención por su exotismo: la astrología, el esoterismo, el ocultismo o el chamanismo. Sin embargo, esas mismas personas se muestran indiferentes ante la humildad de los medios de salvación que Dios nos ofrece: la lectura de la Palabra de Dios, la oración cristiana y los sacramentos instituidos por Jesucristo. Se busca así fuera de la Iglesia lo que en realidad solo se puede encontrar en ella.


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