15 septiembre 2012

Y vosotros, ¿quién decís que soy? | La Puerta de Damasco

De La Puerta de Damasco , por Guillermo Juan Morado



Domingo XXIV del TO (Ciclo B)


Jesús pregunta a los suyos sobre su propia identidad. Han escuchado sus palabras y han visto los milagros que realizaba. Sobre esta base pueden ya hacerse una idea ajustada acerca de su naturaleza y de su misión.


Una primera opinión – que responde al interrogante: “¿Quién dice la gente que soy yo?” – recoge, por así decirlo, el sentir popular acerca de Jesús. Unos dicen que es Juan Bautista; otros, que es Elías, y otros, que es uno de los profetas (cf Mc 8,27). La respuesta es inexacta, aunque no completamente desacertada, ya que sitúa a Jesús en la estela de los profetas. Pero Él es más que un profeta.


El Señor no se conforma con esta primera respuesta y se dirige directamente a los discípulos: “Y vosotros, quién decís que soy?” Pedro toma la palabra y da la contestación correcta: “Tú eres el Mesías” (Mc 8,29). Jesús es el rey esperado de Israel, que enseñará al pueblo los rectos caminos de Dios y establecerá el reinado divino sobre la tierra. Pero esta respuesta verdadera no puede ser divulgada hasta después de la muerte y Resurrección del Señor. Solo entonces, con la Pascua, se pondrá de relieve la auténtica esencia de su realeza.


Como un maestro que enseña gradualmente a sus discípulos, el Señor revela a los suyos la singularidad de su mesianismo haciendo una predicción de la pasión: “El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los senadores, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar a los tres días” (Mc 8,31). Así ha sido profetizado por las Escrituras en la figura del Siervo sufriente que ofrece la espalda a los que le golpeaban (cf Is 50,5-9). Dios realiza su plan salvador según unos parámetros que nos desconciertan y nos sorprenden.


Como Pedro, también nosotros podemos tener la tentación de querer instruir al Maestro; de decirle a Dios cómo ha de salvarnos, apartando del camino el escollo de la cruz. Nos parece impropio de Dios el abajamiento terrible de su Hijo, el descenso hasta el abismo del sufrimiento, del dolor y de la muerte. También nosotros, como Pedro, querríamos tal vez un reino terreno, visible, resplandeciente ante los ojos del mundo. Un reino del bien que aplastase definitivamente a los enemigos. Pero ese no parece ser el querer de Dios, que ha optado por el sinsentido y la locura de la cruz. Pedro, sin saberlo, sigue el juego de Satanás. Rechazando el sufrimiento del Mesías rechaza los planes de Dios, intentando poner a Dios a su nivel, reduciéndolo a su altura: “¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!”, le dice Jesús.


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