02 junio 2012

O tu vita felicissima! O regnum vere beatum, carens | Frustración voluntaria



De Frustración voluntaria , por Daniel Vicente




















O tu vita felicissima! O regnum vere beatum, carens morte, vacans fine! Cui nulla tempora succedent per aevum: ubi continuus sine nocte dies nescit habere tempus; ubi victor miles illis hymnidicis angelorum sociatus choris cantat Deo sine cessatione canticum de canticis Sion, nobile perpetua caput amplectente corona. Utinam concessa mihi peccatorum venia, moxque hac carnis sarcina deposita, in tua gaudia veram requiem habiturus intrare. Utinam tuae civitatis praeclara et speciosa moenia coronam vitae de manu Domini accepturus ingrederer, ut illis sanctissimis choris interessem, ut cum beatissimis spiritibus gloriae Conditoris adsisterem, ut praesentem Christi vultum cernere, ut illud summum et ineffabile et in circumscriptum lumen semper adspicerem; sicque nullo metum mortis affici, sed de incorruptionis perpetuae munere laetari possum sine fine.



¡O tú, vida felicísima! ¡O reino verdaderamente bienaventurado, al que la muerte no alcanza, carente de todo término, donde no hay sucesión de tiempo ni de siglos: donde el día perpetuo sin noche no sabe lo que es el tiempo; donde incorporado en los coros angélicos el que acá ha militado y vencido, adornada su cabeza noble de corona eterna, le canta a Dios sin cesar el cántico de los cánticos de Sión! ¡Ojalá que yo, conseguido el perdón de mis pecados, luego que dejase esta carga de mi cuerpo, lograse entrar en tus gozos para descansar de veras! ¡Ojalá pudiera entrar en las excelentes y hermosas murallas de tu ciudad para recibir allí la corona de vida eterna de mano de mi Dios y Señor! E incorporarme en esos santísimos coros, y en compañía de los bienaventurados espíritus asistir a la gloria del Creador, mirar presente el rostro de Cristo, ver continuamente aquella suma inefable e inmensa luz; y de este modo no vivir angustiado con el temor de la muerte, sino poder alegrarme eternamente con el gracioso don de la incorrupción perpetua.





San Agustín