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04 abril 2013

Mujeres y jóvenes: testigos de la Resurrección | Razones para creer

De Razones para creer , por Rafael de la Piedra



Ciudad del Vaticano, 03 de abril de 2013. En su segunda Audiencia general, desarrollada en una Plaza de San Pedro abarrotada de fieles, el santo padre Francisco ha reanudado las catequesis por el Año de la Fe, iniciadas por su predecesor Benedicto XVI. La ocasión ha sido propicia para que explicara la fuerza del mensaje que contiene el artículo de fe sobre la resurrección de Cristo. Ofrecemos el texto íntegro del Papa.


*****


Queridos hermanos y hermanas:

¡Buenos días!


Hoy reanudamos las catequesis del Año de la Fe. En el Credo repetimos esta frase: “El tercer día resucitó según las Escrituras”. Es propiamente el evento que estamos celebrando: la Resurrección de Jesús, el centro del mensaje cristiano, que ha resonado desde el principio y ha sido transmitido a fin de que llegue hasta nosotros. San Pablo escribe a los cristianos de Corinto: “Les transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce” (1 Cor. 15,3-5).


Esta breve confesión de fe proclama el misterio pascual mismo, con las primeras apariciones del Resucitado a Pedro y a los Doce: La muerte y la resurrección de Jesús son el corazón de nuestra esperanza. Sin esta fe en la muerte y en la resurrección de Jesús, nuestra esperanza será débil, incluso no habrá ninguna esperanza, porque solo la muerte y resurrección de Jesús son el corazón de nuestra esperanza. El apóstol dice: “Si Cristo no resucitó, su fe es vana; permanecen aún en sus pecados” (v. 17).


Por desgracia, a menudo se ha tratado de ocultar la fe en la resurrección de Jesús, e incluso entre los propios creyentes se han deslizado dudas. Un poco esa fe de “agua de rosas”, como se dice, que no es la fe fuerte. Y esto debido a la superficialidad, a veces a la indiferencia, ocupados por miles de cosas que se consideran más importantes que la fe, o por una visión puramente horizontal de la vida.


ero es la misma Resurrección la que nos abre a una mayor esperanza, porque abre nuestra vida y la vida del mundo al futuro eterno de Dios, a la felicidad plena, a la certeza de que el mal, el pecado, la muerte pueden ser vencidos. Y esto nos lleva a vivir con más confianza las realidades cotidianas, afrontarlas con valentía y con compromiso. La resurrección de Cristo ilumina con una luz nueva de estas realidades cotidianas. ¡La resurrección de Cristo es nuestra fuerza!


Pero, ¿cómo se ha transmitido la verdad de la fe en la resurrección de Cristo? Hay dos tipos de evidencias en el Nuevo Testamento: algunas tienen la forma de profesión de fe, es decir, fórmulas sintéticas que indican el centro de la fe; mientras que otras tienen la forma de un relato de la Resurrección y de los eventos relacionados a la misma.


La primera, la forma de la profesión de fe, por ejemplo, es aquella que acabamos de escuchar, o la de la Carta a los Romanos en la que san Pablo escribe: “Porque, si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo” (10,9). Desde el comienzo de la Iglesia es clara y firme la fe en el misterio de la muerte y resurrección de Jesús.


Hoy, sin embargo, quisiera centrarme en la segunda, en los testimonios en forma de un relato, que encontramos en los evangelios. En primer lugar observamos que los primeros testigos de este evento fueron mujeres. Al amanecer, van al sepulcro para ungir el cuerpo de Jesús, y encontraron al primer signo: el sepulcro vacío (cf. Mc. 16,1). Esto es seguido por un encuentro con un mensajero de Dios que anuncia: Jesús de Nazaret, el crucificado, no está aquí, ha resucitado (cf. vv 5-6.). Las mujeres se sienten impulsadas por el amor y saben cómo acoger este anuncio con fe: creen, y de inmediato lo transmiten; no lo retienen para sí mismas, sino que lo transmiten. La alegría de saber que Jesús está vivo, la esperanza que llena su corazón, no se pueden contener.


Esto también debería suceder en nuestras vidas. ¡Sintamos la alegría de ser cristianos! ¡Creemos en un Resucitado que ha vencido el mal y la muerte! ¡Tengamos el valor de “salir” para llevar esta alegría y esta luz a todos los lugares de nuestra vida! La resurrección de Cristo es nuestra mayor certeza; ¡es el tesoro más preciado! ¿Cómo no compartir con otros este tesoro, esta certeza? No es solo para nosotros, es para transmitirlo, para dárselo a los demás, compartirlo con los demás. Es nuestro propio testimonio.


Otro elemento. En las profesiones de fe del Nuevo Testamento, como testigos de la Resurrección se recuerda solo a los hombres, a los Apóstoles, pero no a las mujeres. Esto se debe a que, de acuerdo con la ley judía de la época, las mujeres y los niños no podían dar un testimonio fiable, creíble. En los evangelios, sin embargo, las mujeres tienen un papel primordial, fundamental. Aquí podemos ver un elemento a favor de la historicidad de la resurrección: si se tratara de un hecho inventado, en el contexto de aquel tiempo, no hubiera estado ligado al testimonio de las mujeres. Los evangelistas sin embargo, narran simplemente lo que sucedió: las mujeres son las primeras testigos.


Esto nos dice que Dios no escoge según los criterios humanos: los primeros testigos del nacimiento de Jesús son los pastores, gente sencilla y humilde; los primeros testigos de la resurrección son las mujeres. Y esto es hermoso. ¡Y esto es un poco la misión de las madres, de las mujeres! Dar testimonio a sus hijos, a sus nietos, que Jesús está vivo, que es la vida, que resucitó.


¡Mamás y mujeres, adelante con este testimonio! Para Dios cuenta el corazón, el cuánto estamos abiertos a Él, si acaso somos como niños que se confían.


Pero esto también nos hace reflexionar sobre cómo las mujeres, en la Iglesia y en el camino de la fe, han tenido y tienen también hoy un rol especial en la apertura de las puertas al Señor, en el seguirlo y en el comunicar su Rostro, porque la mirada de la fe tiene siempre la necesidad de la mirada simple y profunda del amor. A los Apóstoles y a los discípulos les resulta más difícil creer. A las mujeres no. Pedro corre a la tumba, pero se detiene ante la tumba vacía; Tomás debe tocar con sus manos las heridas del cuerpo de Jesús. También en nuestro camino de fe es importante saber y sentir que Dios nos ama, no tener miedo de amarlo: la fe se confiesa con la boca y con el corazón, con la palabra y con el amor.


Después de las apariciones a las mujeres, les siguen otras: Jesús se hace presente de un modo nuevo: es el Crucificado, pero su cuerpo es glorioso; no ha vuelto a la vida terrenal, sino que lo hace en una condición nueva. Al principio no lo reconocen, y solo a través de sus palabras y sus gestos sus ojos se abren: el encuentro con Cristo resucitado transforma, da nuevo vigor a la fe, un fundamento inquebrantable. Incluso para nosotros, hay muchos indicios de que el Señor resucitado se da a conocer: la Sagrada Escritura, la Eucaristía y los demás sacramentos, la caridad, los gestos de amor que llevan un rayo del Resucitado.


Dejémonos iluminar por la Resurrección de Cristo, dejémonos transformar por su fuerza, para que también a través de nosotros en el mundo, los signos de la muerte den paso a los signos de la vida.


He visto que hay muchos jóvenes en la plaza. A ustedes les digo: lleven esta certeza: el Señor está vivo y camina con nosotros en la vida. ¡Esta es su misión! Lleven adelante esta esperanza: este ancla que está en los cielos; mantengan fuerte la cuerda, manténganse anclados y lleven la esperanza. Ustedes, testigos de Jesús, den testimonio de que Jesús está vivo y esto nos dará esperanza, dará esperanza a este mundo un poco envejecido por las guerras, por el mal, por el pecado. ¡Adelante, jóvenes!


Traducido del original italiano por José Antonio Varela V.

(03 de abril de 2013) © Innovative Media Inc.




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25 octubre 2012

¿QUÉ ES LA FE? ¿QUÉ SIGNIFICA CREER HOY? | Razones para creer

De Razones para creer , por Rafael de la Piedra



Siguiendo el ciclo de catequesis que anunció el miércoles pasado en ocasión del Año de la Fe, el Papa Benedicto XVI dedicó la audiencia general de esta mañana a responder a la pregunta: ¿Qué es la fe?


Ante miles de fieles reunidos en la Plaza de San Pedro que aún está con las imágenes de los 7 nuevos santos que canonizó el domingo, el Santo Padre dijo que “hoy quisiera reflexionar con ustedes sobre lo elemental: ¿qué es la fe? ¿Tiene sentido la fe en un mundo donde la ciencia y la tecnología han abierto nuevos horizontes hasta hace poco impensables? ¿Qué significa creer hoy en día?”


Aquí el texto completo de la catequesis del Santo Padre.


Queridos hermanos y hermanas:


El miércoles pasado, con el inicio del Año de la fe, comencé una nueva serie de catequesis sobre la fe. Y hoy quisiera reflexionar con ustedes sobre una cuestión fundamental: ¿qué es la fe? ¿Tiene sentido aún la fe en un mundo donde la ciencia y la tecnología han abierto horizontes, hasta hace poco tiempo impensables? ¿Qué significa creer hoy?


En efecto, en nuestro tiempo es necesaria una renovada educación en la fe, que incluya por cierto un conocimiento de su verdad y de los acontecimientos de la salvación, pero que principalmente nazca de un verdadero encuentro con Dios en Jesucristo, de amarlo, de confiar en él, de tal modo que toda la vida esté involucrada con él.


Hoy, junto a muchos signos de buena, crece a nuestro alrededor también un cierto desierto espiritual. A veces, se tiene la sensación, por ciertos hechos que conocemos todos los días, de que el mundo no va hacia la construcción de una comunidad más fraterna y pacífica; las mismas ideas de progreso y bienestar también muestran sus sombras. A pesar del tamaño de los descubrimientos de la ciencia y de los resultados de la tecnología, el hombre hoy no parece ser verdaderamente más libre, más humana; todavía permanecen muchas formas de explotación, de manipulación, de violencia, de opresión, de injusticia…


Luego, un cierto tipo de cultura ha educado a moverse solo en el horizonte de las cosas, de lo posible, a creer solo en lo que vemos y tocamos con las manos. Por otro lado, sin embargo, crece el número de personas que se sienten desorientados y, al tratar de ir más allá de una realidad puramente horizontal, se predisponen a creer en todo y su contrario.


En este contexto, surgen algunas preguntas fundamentales, que son mucho más concretas de lo que parecen a primera vista: ¿Qué sentido tiene vivir? ¿Hay un futuro para el hombre, para nosotros y para las generaciones futuras? ¿En qué dirección orientar las decisiones de nuestra libertad en pos de un resultado bueno y feliz de la vida? ¿Qué nos espera más allá del umbral de la muerte?


A partir de estas ineludibles preguntas, surge como un mundo de la planificación, del cálculo exacto y de la experimentación, en una palabra, el conocimiento de la ciencia, que si bien son importantes para la vida humana, no es suficiente. Nosotros necesitamos no solo el pan material, necesitamos amor, sentido y esperanza, de un fundamento seguro, de un terreno sólido que nos ayude a vivir con un sentido auténtico, incluso en la crisis, en la oscuridad, en las dificultades y en los problemas cotidianos.


La fe nos da esto: se trata de una confianza plena en un “Tú”, que es Dios, el cual me da una seguridad diferente, pero no menos sólida que la que proviene del cálculo exacto o de la ciencia. La fe no es un mero asentimiento intelectual del hombre frente a las verdades en particular sobre Dios; es un acto por el cual me confío libremente a un Dios que es Padre y me ama; es la adhesión a un “Tú” que me da esperanza y confianza. Ciertamente que esta adhesión a Dios no carece de contenido: con ella, sabemos que Dios se ha revelado a nosotros en Cristo, hizo ver su rostro y se ha vuelto cercano a cada uno de nosotros.


En efecto, Dios ha revelado que su amor por el hombre, por cada uno de nosotros, es sin medida: en la cruz, Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios hecho hombre, nos muestra del modo más luminoso a qué grado llega este amor, hasta darse a sí mismo, hasta el sacrificio total.


Con el misterio de la Muerte y Resurrección de Cristo, Dios desciende hasta el fondo de nuestra humanidad para que llevarla a Él, para elevarla hasta que alcance su altura. La fe es creer en este amor de Dios, que no diminuye ante la maldad de los hombres, ante el mal y la muerte, sino que es capaz de transformar todas las formas de esclavitud, dando la posibilidad de la salvación. Tener fe, entonces, es encontrar ese “Tú”, Dios, que me sostiene y me concede la promesa de un amor indestructible, que no solo aspira a la eternidad, sino que le da; es confiar en Dios con la actitud del niño, el cual sabe que todas sus dificultades, todos sus problemas están a salvo en el “tú” de la madre. Y esta posibilidad de salvación a través de la fe es un don que Dios ofrece a todos los hombres.


Creo que deberíamos meditar más a menudo -en nuestra vida diaria, marcada por problemas y situaciones a veces dramáticas-, en el hecho que creer cristianamente significa este abandonarme con confianza al sentido profundo que me sostiene a mí y al mundo; una sensación de que no somos capaces de darnos, sino de solo recibir como un don, y que es la base sobre la que podemos vivir sin miedo. Y esta certeza liberadora y tranquilizadora de la fe, debemos ser capaces de proclamarla con la palabra y demostrarla con nuestra vida de cristianos.


A nuestro alrededor, sin embargo, vemos cada día que muchos son indiferentes o se niegan a aceptar este anuncio. Al final del Evangelio de Marcos, tenemos palabras duras del Señor resucitado que dice: “El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará” (Mc. 16,16), se pierde a sí mismo. Los invito a reflexionar sobre esto. La confianza en la acción del Espíritu Santo, nos debe empujar siempre a ir y predicar el Evangelio, al testimonio valiente de la fe; pero, además de la posibilidad de una respuesta positiva al don de la fe, también existe el riesgo de un rechazo del Evangelio, del no acoger el encuentro vital con Cristo.



Ya san Agustín ponía este tema en su comentario sobre la parábola del sembrador: “Nosotros hablamos –decía-, echamos la semilla, la extendemos. Hay quienes desprecian, critican, se burlan. Si les tememos, no tenemos nada que sembrar y el día de la cosecha se quedara sin que se recoja. Por tanto, venga la semilla de la tierra buena” (Discorsi sulla disciplina cristiana, 13,14: PL 40, 677-678). En consecuencia, la negativa no puede desalentarnos. Como cristianos, somos testigos de este suelo fértil: nuestra fe, a pesar de nuestros límites, demuestra que hay buena tierra, donde la semilla de la Palabra de Dios produce frutos abundantes de justicia, de paz y de amor, de nueva humanidad, de salvación. Y toda la historia de la Iglesia, con todos los problemas, demuestra también que hay la tierra buena, que existe una semilla buena, y que da fruto.


Pero preguntémonos: ¿de dónde saca el hombre esa apertura del corazón y de la mente para creer en el Dios que se ha hecho visible en Jesucristo, muerto y resucitado, para recibir su salvación, de tal modo que Él su evangelio sean la guía y la luz de la existencia? Respuesta: nosotros podemos creer en Dios porque Él se acerca a nosotros y nos toca, porque el Espíritu Santo, don del Señor resucitado, nos hace capaces de acoger el Dios vivo. La fe es, pues, ante todo un don sobrenatural, un don de Dios. El Concilio Vaticano II dice: “Para profesar esta fe es necesaria la gracia de Dios, que proviene y ayuda, a los auxilios internos del Espíritu Santo, el cual mueve el corazón y lo convierte a Dios, abre los ojos de la mente y da “a todos la suavidad en el aceptar y creer la verdad””.(Dei Verbum, 5).


En la base de nuestro camino de fe está el bautismo, el sacramento que nos da el Espíritu Santo, volviéndonos hijos de Dios en Cristo, y marca la entrada en la comunidad de fe, en la Iglesia no creo uno por sí mismo, sin la gracia previa del Espíritu; y no se cree solo, sino junto a los hermanos. Desde el Bautismo en adelante, cada creyente está llamado a revivir esto y hacer propia esta confesión de fe, junto a los hermanos.


La fe es un don de Dios, pero también es un acto profundamente humano y libre. El Catecismo de la Iglesia Católica dice claramente: “Sólo es posible creer por la gracia y los auxilios interiores del Espíritu Santo. Pero no es menos cierto que creer es un acto auténticamente humano. No es contrario ni a la libertad ni a la inteligencia del hombre” (n. 154). Más aún, las implica y las exalta, en una apuesta de vida que es como un éxodo, es decir, en un salir de sí mismo, de las propias seguridades, de los propios esquemas mentales, para confiarse a la acción de Dios que nos muestra el camino para obtener la verdadera libertad, nuestra identidad humana, la verdadera alegría del corazón, la paz con todos. Creer es confiar libremente y con alegría en el plan providencial de Dios en la historia, como lo hizo el patriarca Abraham, al igual que María de Nazaret.


La fe es, pues, un acuerdo por el cual nuestra mente y nuestro corazón dicen su propio “sí” a Dios, confesando que Jesús es el Señor. Y este “sí” transforma la vida, abre el camino hacia una plenitud de sentido, la hace nueva, llena de alegría y de esperanza fiable.


Queridos amigos, nuestro tiempo requiere de cristianos que estén aferrados de Cristo, que crezcan en la fe a través de la familiaridad con la Sagrada Escritura y los sacramentos. Personas que sean casi un libro abierto que narra la experiencia de la vida nueva en el Espíritu, la presencia de un Dios que nos sostiene en el camino y que nos abre hacia la vida que no tendrá fin. Gracias.


Traducido del original italiano por José Antonio Varela V.


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24 septiembre 2012

«Seguir al Señor le exige siempre al hombre una profunda conversión», Benedicto XVI | Razones para creer

De Razones para creer , por Rafael de la Piedra



El Papa Benedicto XVI instó ayer a los hombres a dejar el orgullo a un lado y aprender a ser humildes, arrinconando toda ansia de aparentar ser grandes o llegar los primeros. Durante el rezo del Ángelus desde el balcón del patio interior del palacio apostólico de Castel Gandolfo, al sur de Roma, el Papa afirmó que es necesario un cambio en el modo de pensar y de vivir para poder seguir a Dios, que se diferencia del ser humano, entre otras cosas, por el hecho de que no tiene orgullo.


¡Queridos hermanos y hermanas!


En nuestro camino a través del evangelio de san Marcos, el domingo pasado entramos en la segunda parte, es decir, el último viaje a Jerusalén y hacia la cumbre de la misión de Jesús. Después de que Pedro, en nombre de los discípulos, ha profesado la fe en Él, reconociéndolo como el Mesías (cf. Mc. 8,29), Jesús comenzó a hablar abiertamente sobre lo que le pasaría al final.

El evangelista muestra tres predicciones sucesivas de la muerte y la resurrección, en los capítulos 8, 9 y 10: en ellos Jesús proclama cada vez más claro, el destino que le espera y su necesidad intrínseca.


El pasaje de este domingo contiene el segundo de estos anuncios. Jesús dice: “El Hijo del hombre -una expresión con que se designa a sí mismo-, será entregado en manos de los hombres; le matarán y a los tres días de haber muerto resucitará” (Mc. 9,31). Los discípulos “no entendían lo que les decía y temían preguntarle” (v. 32).


De hecho, leyendo esta parte del relato de Marcos, está claro que entre Jesús y los discípulos hay una profunda distancia interior; están, por así decirlo, en dos longitudes de onda diferentes, por lo que los discursos del Maestro no son comprendidos, o lo son solo de modo superficial. El apóstol Pedro, inmediatamente después de haber manifestado su fe en Jesús, se permite regañarlo porque predijo que deberá ser rechazado y asesinado. Después del segundo anuncio de la pasión, los discípulos discutían sobre quién era el más grande entre ellos (cf. Mc. 9,34); y después, en el tercero, Santiago y Juan le piden a Jesús, el poder sentarse a su derecha y a su izquierda, cuando esté en la gloria (cf. Mc. 10,35-40).


Pero hay otras diversas señales de esta distancia: por ejemplo, los discípulos no logran curar a un muchacho epiléptico, que después Jesús sana con el poder de la oración (cf. Mc. 9,14-29); o cuando le presentan los niños a Jesús, los discípulos le reprochan, y al contrario Jesús, indignado, les hace quedarse, y afirma que solo los que son como ellos pueden entrar en el Reino de Dios (cf. Mc. 10,13-16).



¿Qué nos dice esto? Nos recuerda que la lógica de Dios es siempre “otra” respecto a la nuestra, según lo revelado por Dios a través del profeta Isaías: “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros proyectos son mis proyectos” (Is. 55,8). Por ello, seguir al Señor le exige siempre al hombre una profunda conversión, de todos nosotros, un cambio en el modo de pensar y de vivir, le obliga a abrir el corazón a la escucha para dejarse iluminar y transformar interiormente.


Un punto-clave en el que Dios y el hombre se diferencian es el orgullo: en Dios no hay orgullo, porque Él es toda la plenitud y está siempre dispuesto a amar y a dar vida; en nosotros los hombres, sin embargo, el orgullo está profundamente arraigado y requiere una vigilancia constante y una purificación.


Nosotros, que somos pequeños, aspiramos a vernos grandes, a ser los primeros, mientras que Dios que es realmente grande, no teme de abajarse y ser el último.


Y la Virgen María está perfectamente “sintonizada” con Dios: invoquémosla con confianza, a fin de que nos enseñe a seguir fielmente a Jesús en el camino del amor y de la humildad.


Traducido del original italiano por José Antonio Varela V.



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14 septiembre 2012

Las 10 claves del viaje del Papa Benedicto XVI a Líbano del 14 al 16 de septiembre | Razones para creer

De Razones para creer , por Rafael de la Piedra



De: http://www.revistaecclesia.com


El Papa se halla en Líbano del 14 al 16 de septiembre. Es su ya veinticuatro viaje internacional, el segundo en 2012, tras el realizado del 23 al 28 de marzo a México y a Cuba.


En Líbano, Benedicto XVI pronuncia, al menos, siete discursos y visita las ciudades de Beirut, Harissa, Baabda, Bzommar, Bkerké y Charfet. “Os doy mi paz”, frase del evangelio de San Juan, es el lema del viaje. La máxima concentración de fieles se prevé, estimada en un cuarto de millón de personas, para la misa del domingo 16 de septiembre, a las diez horas, en el Beirut City Center Waterfront y con la posterior entrega la exhortación apostólica postsinodal para Oriente Medio.


1.- El Papa es consciente de las dificultades del viaje por la grave situación en que vive la región: Sus palabras tras el rezo del Ángelus del domingo 9 de septiembre hablan por sí solas del realismo del Papa y sus objetivos y expectativas.


Estas fueron sus palabras textuales:


“Queridos peregrinos aquí presentes, o que participan en el Ángelus a través de la radio o la televisión, en los próximos días, voy a realizar un viaje apostólico al Líbano para firmar la exhortación apostólica postsinodal, fruto de la Asamblea Especial para Oriente Medio del Sínodo de los Obispos, celebrado en octubre de 2010. Tendré la feliz oportunidad de encontrar al pueblo libanés y a sus autoridades, así como a los cristianos de ese amado país y de los países vecinos.


No ignoro la situación, a menudo dramática que viven los habitantes de esa región, desgarrada desde hace tiempo por conflictos incesantes. Comprendo la angustia de los numerosos habitantes de Oriente Medio cotidianamente inmersos en sufrimientos de todo tipo, que afligen tristemente, y algunas veces mortalmente, su vida personal y familiar.


Mi preocupado pensamiento se dirige a los que, en búsqueda de un lugar de paz, abandonan su vida familiar y profesional y experimentan la precariedad de los exiliados. Aunque parezca difícil encontrar soluciones a los diversos problemas que afectan a la región, no podemos resignarnos a la violencia y a la exacerbación de las tensiones. El compromiso para impulsar el diálogo y la reconciliación tiene que ser una prioridad para todas las partes implicadas y debe ser sostenido por la comunidad internacional, cada vez más consciente de la importancia que tiene para el mundo entero, una paz estable y duradera en toda la región. Mi viaje apostólico a Líbano, y por extensión a Oriente Medio en su conjunto, se coloca bajo el signo de la paz, en referencia a las palabras de Cristo: Os doy mi paz (Juan 14:27) ¡Que Dios bendiga a Líbano y Oriente Medio! ¡Que Dios os bendiga a todos!”.



2.- La ocasión inmediata es la entrega de la exhortación apostólica tras el Sínodo de Oriente Medio: La ocasión, el motivo principal de la visita apostólica a Líbano, en el corazón siempre convulso de Oriente Medio (ahora más todavía con la bélica situación que se vive en la vecina Siria) es la firma y publicación de la exhortación apostólica post-sinodal de la asamblea especial para Oriente Medio del Sínodo de los Obispos que tuvo lugar en el Vaticano en octubre de 2010, entre los días 10 y 24. “La Iglesia católica en Oriente Medio: comunión y testimonio. ‘La multitud de los creyentes no tenía sino un solo corazón y una sola alma’ (Hch 4, 32)” fue el lema de aquella asamblea sinodal, cuyo instrumentum laboris entregó el Santo Padre a las Iglesia de la región en su visita apostólica a Chipre de los días 4 a 6 de junio de 2010.


3.- Diálogo interreligioso, ecumenismo, comunión, misión: No cabe duda de que el viaje pastoral del Santo Padre busca también el diálogo interreligioso entre cristianos y musulmanes, el ecumenismo entre las distintas Iglesias cristianas del país y de la zona, el servicio a la paz y la reconciliación y, por supuesto, el fortalecimiento de la unidad, comunión y misión de la Iglesia católica en Líbano y en todo Oriente Medio, amén de la reivindicación de la libertad religiosa y de la presencia, en libertad, paz y seguridad, de los cristianos en estas tierras, cuna del cristianismo y de su expansión primera.


Como ejemplo de la dimensión interreligiosa del viaje papal, baste citar la vigilia de oración que cristianos y musulmanes organizan en la noche del miércoles 12 de septiembre como preparación inmediata al viaje. Es en el llamado “Jardín de María” de Beirut.


4.- Paz, reconciliación, libertad religiosa: “La visita que el Papa Benedicto XVI realiza a Libano representa una gran esperanza para el país, un mensaje de paz para Siria y una invitación a la libertad religiosa para todo el Oriente Medio”, afirmó en una entrevista con la Agencia Fides el padre Paul Karam, director nacional de las Obras Misionales Pontificias (OMP) en Líbano.


El director de OMP en Líbano, al referirse a las grandes expectativas de la población libanesa, considera que “el viaje hará que se ponga atención sobre el tema de la libertad religiosa, mientras que se ve claramente el ascenso del fundamentalismo islámico”. “El Papa -dice el padre Paul Karam- como lo hizo hace más de quince años el Papa Juan Pablo II, trae un mensaje profético de rechazo de la guerra y la violencia, de propuesta de los valores fundamentales, tales como la libertad religiosa y los derechos humanos”.


El director de las OMP en Líbano señala que: “la visita del Papa anticipa el Año de la Fe, que comienza en octubre. Es un signo de la providencia para relanzar el compromiso cristiano en los países del Medio Oriente”.


El área se ha visto sacudida por el conflicto sirio: “Para Siria, el Papa traerá el mensaje que Cristo nos enseña: paz, diálogo, tolerancia, aceptación de los demás. Los cristianos de Siria -explica- están preocupados debido a que están expuestos a la violencia y son vulnerables a ella. Ellos esperan con gran ansiedad y esperanza la llegada del Papa. El apelo por la paz en Siria debe ser más fuerte también en la comunidad internacional, para que se promueva el diálogo entre las partes en conflicto “La violencia nunca ha resuelto los problemas”, continua.


“La única manera es que se reúnan para negociar, con respeto mutuo, por el bienestar de todos los ciudadanos. Se deben mover los hilos del diálogo, de acuerdo a la credibilidad, la transparencia y la verdad”. “Espero que la visita del Papa -concluye- pueda renovar entre los cristianos de Siria la responsabilidad de un auténtico testimonio cristiano, hacia el diálogo y la solidaridad, siempre a la luz de la verdad que es Cristo”.



Por su parte, el prelado libanés Kamil Zeidan, presidente del comité central encargado de preparar la visita de Benedicto XVI a Líbano subrayó, en reciente rueda de prensa, que el viaje papal es una visita oficial y eclesial y el propósito del Santo Padre de encontrarse con todos los libaneses, cristianos y musulmanes, y no sólo a los católicos.


Ante las dificultades del momento presente, el Pontífice –según Zeidan- anhela ser portador de un mensaje de esperanza para Líbano y para toda la región.


«Nosotros rezamos y esperamos que sea una verdadera primavera para todos los libaneses, cristianos y musulmanes, y para todo Oriente Medio, añadió el prelado.


Un mes antes del viaje papal, los patriarcas de las siete Iglesias católicas de Oriente Medio (Maronita, Cilicia de los Armenios, Latina de Jerusalén, Caldea, Melquita, Copta, Siro-Católica) enviaron un mensaje respectios mensajes de bienvenida a Benedicto XVI, en vista del viaje apostólico a El Líbano, del 14 al 16 de septiembre.


Se trata de siete documentos, publicados en el sitio web oficial de la visita papal, en donde se resalta “la gran expectativa” por un evento desde ya definido “histórico”. Los patriarcas formulan votos para que la visita a El Líbano, quince años después de aquella de Juan Pablo II, “pueda dar un renovado impulso a las esperanzas de paz, diálogo y desarrollo para los pueblos de Oriente Medio”.



6.- La cuestión de los refugiados en Líbano: En concreto, la situación de emergencia en la que ahora están trabajando los voluntarios de Cáritas Líbano es la del flujo desesperado de refugiados que huyen de Siria. “Los datos oficiales de las Naciones Unidas hablan de 55 mil refugiados. En realidad – señala el padre Faddoul, presidente de Cáritas Líbano- el número real podría estar entorno a los 150.000, ya que la mayoría de las nuevas llegadas no se registran”.


Se trata en su mayoría de sunitas, con porcentajes más pequeños de cristianos y alauitas. Se concentran en el valle de Bekaa y en los distritos del norte de Trípoli y Akkar, encontrando asilo en las escuelas, en edificios abandonados o en campamentos improvisados. Pero hasta el momento no se han creado campamentos organizados y dotados de servicios. La única ayuda es la que proporcionan las organizaciones de la ONU para los refugiados y las ONG musulmanas y cristianas, incluida la Cáritas.


Exactamente treinta años después de las masacres en los campos de refugiados de Sabra y Shatila, el padre Faddoul espera y confía que la visita del Papa también pueda atraer, como efecto secundario, la atención de la opinión pública internacional sobre esta última crisis humanitaria que hasta el momento permanece en la sombra: “Vendrán periodistas y equipos de televisión de network internacionales de todo el mundo. Muchos de ellos ya han solicitado visitar las zonas donde se concentran los refugiados. La visita de Benedicto XVI sin duda promoverá la sensibilización general de este nuevo drama de Oriente Medio”.


Hasta la fecha no está en el programa un contacto directo entre Benedicto XVI y los nuevos refugiados de Siria. “Pero si el tiempo lo permite, estamos trabajando para que algún miembro de la delegación papal pueda entrar en contacto y obtener información acerca de esa realidad”. El presidente de Cáritas Líbano redimensiona los riesgos de la instrumentalización en clave política de la visita del Papa por parte de las facciones que se oponen en la sociedad libanesa: “cristianos y musulmanes esperan con entusiasmo la visita del Papa. Y también todos los grupos políticos, a pesar de sus divisiones, han expresado de forma unánime su alegría por la llegada del Papa Benedicto XVI”.


7.- La buena acogida al Papa por parte de las autoridades libanesas: El primer ministro del Líbano, Nayib Mikati, ha declarado festivo el 15 de septiembre, sábado, con motivo de la visita del papa Benedicto XVI al país. Las instituciones y administraciones públicas, los colegios y las universidades estarán cerrados ese día, en el que Benedicto XVI tiene previsto reunirse con el presidente libanés, Michel Suleiman, y otras autoridades políticas y religiosas del país.


En medio de los preparativos de la visita del papa, el diputado Michel Faraon, miembro del movimiento Futuro liderado por Saad Hariri, hijo del asesinado ex primer ministro Rafic Hariri, expresó la colaboración de su grupo para que la gira del papa sea un “éxito”.


Tras entrevistarse con el obispo maronita (cristiano de Oriente) de Beirut, Bulos Matar, Faraon mostró su interés en que el viaje de Benedicto XVI constituya una ocasión para “superar las tensiones y la inseguridad que atraviesa el Líbano”.


Además, una delegación de Futuro presidida por Ahmad Hariri, primo del ex primer ministro asesinado, se entrevistó hoy con el patriarca maronita, monseñor Bechara Rai.


Hariri confió en que el Papa envíe a los libaneses un mensaje que despierte en ellos la necesidad de “proteger su país de los cambios regionales”, en alusión al peligro de desestabilización que afronta Líbano, salpicado por la crisis en Siria.


8.- Logotipo, lema y web: El logotipo de la visita apostólica, con los colores de la bandera de El Líbano, está formado por una paloma como símbolo de la paz; un cedro como representación del país; y una cruz.


“Os doy mi paz”, frase de Jesucristo en el evangelio de San Juan, capítulo 14, versículo 27 b, es el lema del viaje apostólico.


La página web oficial de esta visita papal es www.lbpapalvisit.com


9.- Itinerario: El Santo Padre partió del aeropuerto romano de Ciampino a las 9:30 horas del 14 de septiembre, viernes y fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, y su avión aterrizó en el aeródromo Rafiq Hariri de Beirut a las 13:45 horas (hora local). Después de la ceremonia de bienvenida se trasladó a Harissa para visitar la basílica de San Pablo donde firmará la exhortación apostólica postsinodal.


Este sábado, día 15 de septiembre, a las 10 horas, en el palacio presidencial de Baabda se encuentra, en visita de cortesía, con el presidente de la República de Líbano, así como con los presidentes del Parlamento y del Consejo de Ministros. A continuación se ve con los jefes de las comunidades religiosas musulmanas y posteriormente pronuncia un discurso ante los miembros del gobierno, de las instituciones de la república, del cuerpo diplomático, de los jefes religiosos y de los representantes del mundo de la cultura.


Este mismo día, sábado 15, memoria litúrgica de la Virgen de los Dolores, en el patriarcado armenio católico de Bzommar almuerza con los patriarcas y obispos de El Líbano, con los miembros del Consejo Especial para Oriente Medio del Sínodo de los obispos y con el séquito papal. A las 18:00 horas, en la explanada ante el patriarcado maronita de Bkerké, pronuncia un discurso a los jóvenes allí reunidos. Está también que el Papa entrege a los jóvenes libaneses ejemplares del You Cat (El Catecismo de los Jóvenes), en su primera traducción al árabe.


El domingo día 16 celebra la santa misa, a las 10:00 horas, en el Beirut City Center Waterfront y entrega la exhortación apostólica postsinodal para Oriente Medio.


Después de rezar el Ángelus se desplaza a la nunciatura apostólica en Harissa para almorzar con los miembros del séquito papal. A las 17:15 horas en el patriarcado siro-católico de Charfet preside un encuentro ecuménico. Desde allí se traslada al aeropuerto de Beirut, desde donde, a las 19:00 horas, emprenderá el regreso a Roma.


10: Datos estadísticos en la Iglesia Católica en Líbano: Líbano cuenta con una superficie de 10.400 km2, donde viven 4.039.000 habitantes, de los que 2.148.000 son católicos (el 53,18% de la población). Hay 24 circunscripciones eclesiásticas, 1.126 parroquias y 39 centros pastorales. Realizan las tareas de apostolado 53 obispos, 1.543 sacerdotes, 2.797 religiosos y religiosas, 2 miembros de institutos seculares, 2.301 misioneros laicos y 483 catequistas. Los seminaristas menores son 62 y los mayores 390


Asimismo, la Iglesia católica tiene en Líbano 907 centros educativos de todos los niveles en los que estudian 427.180 alumnos, además de 28 centros de educación especial. Existen también 350 centros asistenciales de propiedad de la Iglesia o dirigidos por eclesiásticos: 30 hospitales, 168 ambulatorios, 39 casas para ancianos y minusválidos, 63 orfanatos y guarderías, 22 consultorios familiares y centros para la protección de la vida, y 28 instituciones de otro tipo.


Jesús de las Heras Muela



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20 agosto 2012

Un cura chino que pasó 25 años en cárcel para ser «reeducado» fallece «al pie del cañón» a los 100 | Razones para creer

De Razones para creer , por Rafael de la Piedra



Recordado por su fidelidad a Cristo, su celo por la evangelización y el gran sentido de servicio a los fieles.


De: Fides


“Su vida de auténtica dedicación al servicio del Señor es un verdadero modelo para todos nosotros sacerdotes, religiosos/as y fieles laicos. Hemos de imitar su fidelidad a Cristo, su celo por la evangelización y el gran sentido de servicio a los fieles”. Así monseñor Pablo Meng Ningyou, Coadjutor de la diócesis de Taiyuan (ungido con la aprobación de la Santa Sede el 16 de septiembre de 2010, del que las autoridades chinas han permitido la ordenación), ha definido al p. Matías Leopoldo Guo Ji Fen, un franciscano centenario, que ha regresado a la casa del Padre ayer, 15 de febrero, en la diócesis de Taiyuan de la provincia de Shan Xi, en China continental. P. Guo ha permanecido siempre en su puesto en la misión china, incluso en los momentos más críticos para la Iglesia, y nunca ha dudado en proclamar el Evangelio, ejercitando su misión de evangelización, a pesar de los 25 años que pasó en prisión.


El padre Guo nació el 18 de febrero de 1913 (según la tradición china, la edad se cuenta desde el momento de la concepción y no del nacimiento, por lo que para todo el mundo tenía 100 años) en el pueblo de Shui Gou, de Taiyuan. En septiembre de 1926 entró en el Seminario Menor de Taiyuan, y el 12 de febrero de 1931 se hizo novicio del Seminario Franciscano. Realizó sus primeros votos temporales de tres años el 13 de febrero de 1932, tomando el nombre religioso de Leopoldo, y el 3 de septiembre de 1935 los votos solemnes.



Fue ordenado sacerdote en la Jornada Misionera Mundial el 24 de octubre de 1937 por Mons. Agapito Fiorentini, OFM (1866-1941), del 1924 al 1940 Vicario Apostólico del Vicariato Apostólico de Taiyuan. Después de su ordenación fue párroco, rector del seminario menor, canciller diocesano. En septiembre de 1955 fue encarcelado hasta abril de 1980, pasó 25 años en la cárcel y en campos de trabajo para la reeducación.


Nada más ser liberado reanudó su trabajo pastoral como párroco y en abril de 1985 fue nombrado tesorero del Seminario Mayor de San Juan de Monte Corvino. Desde el 27 de marzo de 1996 estaba en reposo, pero siempre siguió evangelizando hasta el final de su vida terrena.



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19 agosto 2012

Benedicto XVI en la Fiesta de la Asunción nos recuerda que Dios nos espera | Razones para creer

De Razones para creer , por Rafael de la Piedra



http://www.news.va


Esta mañana a las 8 Su Santidad Benedicto XVI acudió –como es una tradición- a la parroquia de Santo Tomás de Villanueva en Castel Gandolfo para celebrar la Santa Misa en la Solemnidad de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María.


El Papa inició su homilía recordando la proclamación por parte de Pío XII de este dogma que nos indica que terminado el curso de la vida terrena, la Madre de Dios fue asunta a la gloria celeste en cuerpo y alma, una verdad de fe que el Papa expresó era ya conocida por la tradición y afirmada por los padres de la Iglesia.


En la última parte de su homilía (del párrafo 3 al 6) Benedicto XVI nos ha regalado palabras inspiradas para describir la profunda unión de la Madre con el Hijo, cuando nos explica que la Asunción de María aporta a nuestro camino la certeza de que en Dios hay un espacio para el hombre, Él es la casa de tantos apartamentos de la que habla Jesús, y lo más importante que en Dios está el espacio de Dios, y por lo tanto María, la Asunta, unida a Dios no se aleja de nosotros. El Sucesor de Pedro ha indicado que la Bienaventurada siempre Virgen María es el Arca Santa que lleva en sí misma la presencia de Dios.


Por ello - y constatando que un mundo sin Dios es un mundo sin futuro-, Su Santidad nos invita a seguir el ejemplo de María y abrir nuestro ser a Dios porque en Él nuestra vida se enriquece y se hace grande. El Papa concluyó con la certeza que nos acompaña en nuestra vida y que es aquella de que Dios nos espera, y citamos: “¡Dios nos espera: esta es nuestra gran alegría y la gran esperanza que nace justo de esta Fiesta. María nos visita, y es el gozo de nuestra vida, y el gozo es esperanza!”.

(PLJR – RV)


TEXTO DE LA HOMILÍA DE BENEDICTO XVI EN LA SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓN DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA: 15.08.2012 – CASTEL GANDOLFO


Queridos hermanos y hermanas:


El primero de noviembre de 1950, el Venerable Pío XII proclamaba como dogma que la Virgen María «terminado el curso de la vida terrena, fue asunta a la gloria celeste en alma y cuerpo». Esta verdad de fe era conocida por la Tradición, afirmada por los Padres de la Iglesia, y era sobre todo un aspecto relevante del culto hecho a la Madre de Cristo. El elemento cultural constituyó, por así decir, la fuerza motor que determinó la formulación de este dogma: el dogma apareció un acto de alabanza y de exaltación ante la Virgen Santa. Éste emerge también del texto mismo de la Constitución apostólica, donde se afirma que el dogma es proclamado «para honor del Hijo, para glorificación de la madre y gloria de toda la Iglesia».


Fue expresado así en la forma dogmática aquello que había sido antes celebrado en el culto y en la devoción del Pueblo de Dios como la más alta y estable glorificación de maría: el acto de proclamación de la Asunta se presentó casi como una liturgia de la fe. Y en el Evangelio que hemos escuchado ahora, María misma pronuncia proféticamente algunas palabras que orientan en esta perspectiva: dice «En adelante todas las generaciones me llamarán bienaventurada» (Lc 1,48). Una profecía para toda la historia de la Iglesia. Esta expresión del Magnificat, referida por san Lucas, indica que la alabanza a la Virgen Santa, Madre de Dios, íntimamente unida a Cristo su hijo interesa la Iglesia de todos los tiempos y de todos los lugares. Y la anotación de estas palabras por parte del Evangelista presupone que la glorificación de María fuera presente en el período de san Lucas y que él la considerara un deber y un compromiso de la comunidad cristiana para todas las generaciones.


Las palabras de María dicen que es un deber de la Iglesia recordar la grandeza de la mujer para la fe. Esta solemnidad es una invitación por lo tanto para alabar a Dios, y mirar hacia la grandeza de la Santísima Virgen, porque a Quien es Dios lo conocemos en el rostro de los suyos.




Pero, ¿porqué María es glorificada con la asunción al Cielo? San Lucas, como hemos escuchado, ve la raíz de la exaltación y de la alabanza a María en la expresión de Isabel: «Feliz de ti por haber creído (Lc 1,45). Y el Magnificat, este canto al Dios vivo y operante en la historia es un himno de fe y de amor, que brota del corazón de la Virgen. Ella vivió con fidelidad ejemplar y ha custodiado en lo más íntimo de su corazón las palabras de Dios a su pueblo, las promesas hecha a Abraham, Isaac, y Jacob, haciéndolas el contenido de su oración: la Palabra de Dios en el Magnificat se convertía en la palabra de María, lámpara de su camino, a punto tal de prepararla para acoger también en su seno al Verbo de Dios hecho carne.


La página evangélica de hoy reclama esta presencia de Dios en la historia y en el mismo desarrollo de los eventos; en particular hay una referencia en el Segundo libro de Samuel en el capítulo sexto ( (6,1-15), en el que David transporta el Arca Santa de la Alianza. El paralelo que hace el Evangelista es claro: María en espera del nacimiento del Hijo Jesús es el Arca Santa que lleva en sí la presencia de Dios, una presencia que es fuente de consuelo, de gozo pleno. Juan, en efecto, salta en el seno de Isabel, exactamente como David danzaba ante el Arca. María es la «visita» de Dios que crea gozo. Zacarías, en su canto de alabanza lo dirá explícitamente: «”Bendito sea el Señor, el Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su Pueblo» (Lc 1,68). La casa de Zacarías experimentó la visita de Dios con el nacimiento inesperado de Juan Bautista, pero sobre todo con la presencia de María, que lleva en su seno al Hijo de Dios.


Pero ahora nos preguntamos: ¿Qué cosa dona a nuestro camino, a nuestra vida, la Asunción de María? La primera respuesta es: en la Asunción vemos que en Dios hay espacio para el hombre, Dios mismo es la casa de tantos apartamentos de la cual habla Jesús, Dios e la casa del hombre, en Dios está el espacio de Dios. Y María, uniéndose, unida a Dios no sea aleja de nosotros, no va sobre una galaxia desconocida, sino que va a Dios, se aproxima, porque Dios está cerca de todos nosotros y María, unida a Dios, participa de la presencia de Dios, esta cercanísima a nosotros, a cada uno de nosotros. Hay una bella palabra de San Gregorio Magno sobre San Benito que podemos aplicar todavía a María: San Gregorio Magno dice que el corazón de San Benito se hizo tan grande que todo lo Creado podía entrar en este corazón. Esto vale aún más para María: María, unida totalmente a Dios, tiene un corazón tan grande que toda la Creación puede entrar en este corazón y los exvotos en todas las partes de la tierra lo demuestran. María está cercana, puede escuchar, puede ayudar, está próxima a todos nosotros, En Dios hay espacio para el hombre y Dios está cerca y María unida a Dios, está muy próxima, tiene el corazón ancho como el corazón de Dios.


Pero hay también otro aspecto: no solo en Dios hay espacio para el hombre, en el hombre hay espacio para Dios. También esto vemos en María, el Arca Santa que lleva la presencia de Dios. En nosotros hay espacio para Dios y esta presencia de Dios, en nosotros, tan importante para iluminar al mundo en su tristeza en sus problemas, esta presencia se realiza en la fe: en la fe abrimos las puertas de nuestro ser para que Dios entre en nosotros, para que Dios pueda ser la fuerza que da vida y camino a nuestro ser. En nosotros hay espacio, abrámonos como María se abrió, diciendo: “Hágase tu voluntad, yo soy la sierva del Señor”. Abriéndose a Dios, nada perdemos. Por el contrario: nuestra vida se enriquece y se hace grande.


Y así, fe, esperanza y amor se combinan: hoy, hay muchas palabras sobre un mundo mejor por esperar, sería nuestra esperanza. Si y cuándo este mundo mejor llegará no lo sabemos, no lo sé. Seguramente un mundo que se aleja de Dios se convierte en peor porque solo la presencia de Dios puede garantizar, también, un mundo bueno. Una cosa, una esperanza segura es que Dios nos espera, nos espera, no vamos en el vacío, somos esperados. Dios nos espera y encontramos, yendo al otro mundo, la bondad de la Madre, encontramos a los nuestros, encontramos el Amor eterno. Dios nos espera: esta es nuestra gran alegría y la gran esperanza que nace justo de esta Fiesta. María nos visita, y es el gozo de nuestra vida y el gozo es esperanza.


Por lo tanto ¿Qué cosa decir? Corazón grande, presencia de Dios en el mundo, espacio de Dios en nosotros y espacio de Dios por nosotros, esperanza, ser esperados: esta es la sinfonía de esta fiesta, la indicación que la meditación de esta Solemnidad nos dona. María es aurora y esplendor de la Iglesia triunfante; Ella es el consuelo y la esperanza para el pueblo todavía en camino, dice el Prefacio de hoy. Confiémonos a su materna intercesión, para que nos obtenga del Señor el poder reforzar nuestra fe en la vida eterna; nos ayude a vivir bien el tiempo que Dios nos ofrece con esperanza. Una esperanza cristiana, que no es solamente nostalgia del Cielo, sino vivo y laborioso deseo de Dios aquí en el mundo, deseo de Dios que nos hace peregrinos incansables, alimentando en nosotros el valor y la fuerza de la fe, que al mismo tiempo es valor y fuerza del amor.


Amén.

Traducción de Patricia L. Jáuregui Romero


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23 julio 2012

DIOS ES EL PASTOR DE LA HUMANIDAD | Razones para creer



De Razones para creer , por Rafael de la Piedra



CASTEL GANDOLFO, domingo 22 julio 2012 (ZENIT.org).- Esta mañana, a las 12 horas, Benedicto XVI se asomó al balcón del patio del Palacio Apostólico de Castel Gandolfo y recitó el Ángelus junto a los fieles y a los peregrinos presentes. Ofrecemos las palabras del Papa al introducir la oración mariana.


*****

¡Queridos hermanos y hermanas!


La Palabra de Dios de este domingo nos vuelve a proponer un tema clave y siempre fascinante de la Biblia: nos recuerda que Dios es el pastor de la humanidad. Esto significa que Dios quiere para nosotros la vida, quiere guiarnos hacia buenos pastos, en el que podemos alimentarnos y reposar; no quiere que nos perdamos y que muramos, sino que lleguemos al destino de nuestro camino, que es precisamente la plenitud de la vida. Eso es lo que cada padre y cada madre quiere para sus hijos: el bien, la felicidad, la realización.


En el Evangelio, Jesús se presenta como el Pastor de las ovejas perdidas de la casa de Israel. Su mirada sobre la gente es una mirada “pastoral”. Por ejemplo, en el Evangelio de este domingo, se dice que “al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos, pues estaban como ovejas que no tiene pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas” (Mc. 6, 34). Jesús encarna a Dios Pastor con su forma de predicar y con su obra, cuidando de los enfermos y de los pecadores, de los que están “perdidos” (cf. Lc. 19,10), para traerlos de vuelta a salvo, en la misericordia del Padre.


Entre las “ovejas perdidas” que Jesús ha salvado hay también una mujer llamada María, de la localidad de Magdala, en el lago de Galilea, y por eso llamada Magdalena. Hoy es su memoria litúrgica en el calendario de la Iglesia. Dice el evangelista Lucas que de ella Jesús hizo huir siete demonios (cf. Lc. 8,2), es decir, la rescató de una total esclavitud al mal.


¿En qué consiste esta profunda sanación que Dios obra a través de Jesús? Se trata de una paz verdadera, completa, fruto de la reconciliación de la persona con sí misma y en todas sus relaciones: con Dios, con los demás, con el mundo. En efecto, el Diablo siempre está tratando de arruinar la obra de Dios, sembrando la división en el corazón humano, entre el cuerpo y el alma, entre el hombre y Dios, en las relaciones interpersonales, sociales, internacionales, e incluso entre el hombre y la creación. El mal siembra la guerra; Dios crea la paz.


De hecho, como dice san Pablo: Cristo «es nuestra paz: el que de dos pueblos hizo uno, derribando el muro divisorio, la enemistad, a través de su carne” (Ef. 2,14). Para llevar a cabo esta obra de reconciliación radical Jesús, el Buen Pastor, ha debido convertirse en Cordero, “el Cordero de Dios… que quita el pecado del mundo” (Jn. 1,29). Sólo así ha podido llevar a cabo la maravillosa promesa del Salmo: “Bondad y amor me acompañarán todos los días de mi vida, / y habitaré en la casa de Yahvé / un sinfín de días” (22/23, 6).


Queridos amigos, estas palabras nos hacen vibrar el corazón, porque expresan nuestro deseo más profundo, diciendo para lo que hemos sido creados: ¡para la vida, la vida eterna! Son las palabras de aquellos que, como María Magdalena, han experimentado a Dios en sus vidas y conocen su paz. Palabras más que que nunca verdaderas en los labios de la Virgen María, que vive ya para siempre en los pastos del Cielo, donde la ha conducido el Cordero Pastor. ¡María, Madre de Cristo, nuestra paz, ruega por nosotros!


Traducido del original italiano por José Antonio Varela V.

©Librería Editorial Vaticana



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17 julio 2012

‘TODA LA HISTORIA TIENE COMO CENTRO A CRISTO’, Benedicto XVI | Razones para creer



De Razones para creer , por Rafael de la Piedra



CASTEL GANDOLFO, domingo 15 julio 2012 (ZENIT.org).- A la vuelta de Frascati, donde esta mañana se trasladó en visita pastoral, a las 12 horas, Benedicto XVI se asomó al balcón del patio del Palacio Apostólico de Castel Gandolfo y recitó el Ángelus junto a los fieles y a los peregrinos presentes. Ofrecemos las palabras del Papa al introducir la oración mariana.


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¡Queridos hermanos y hermanas!


En el calendario litúrgico, el 15 de julio es la memoria de san Buenaventura de Bagnoregio, franciscano, doctor de la Iglesia y sucesor de san Francisco de Asís en el gobierno de la Orden de los Frailes Menores. Él escribió la primera biografía oficial de Francisco, y al final de su vida fue también obispo de esta diócesis de Albano. En una de sus cartas, Buenaventura escribe: “Confieso ante Dios que la razón que me hizo amar más la vida del beato Francisco es que es similar al origen y al crecimiento de la Iglesia” (Epistula de tribus quaestionibus, en Opere di San Buenaventura. Introduzione generale, Roma 1990, p. 29).


Estas palabras nos dirigen directamente al evangelio de este domingo, que presenta el primer envío en misión de los Doce Apóstoles de parte de Jesús. “Jesús llamó a los Doce -narra san Marcos- y comenzó a enviarlos de dos en dos… Y les ordenó que nada tomasen para el camino, fuera de un bastón: ni pan, ni alforja, ni dinero en el cinturón: sino calzados con sandalias y que no vistan dos túnicas” (Mc 6,7-9 ).


Francisco de Asís, después de su conversión, practicó a la letra este Evangelio, convirtiéndose en un fiel testigo de Jesús; y asociado de un modo especial al misterio de la Cruz, fue transformado en un “otro Cristo”, como san Buenaventura lo presenta. Toda la vida de san Buenaventura, así como su teología, tiene como centro de inspiración a Jesucristo. Esta centralidad de Cristo la encontramos en la segunda lectura en la Misa de hoy (Ef.1,3-14), el famoso himno de la Carta de Pablo a los Efesios, que comienza así: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo”.


El Apóstol muestra cómo se ha realizado este designio de bendición, en cuatro etapas que comienzan todos con la misma expresión “en Él”, refiriéndose a Jesucristo. “En él”, el Padre nos ha elegido antes de la fundación del mundo; “en Él” tenemos la redención por su sangre; “en Él” nos hemos convertido en herederos, predestinados a ser “alabanza de su gloria”; “en Él”, cuantos creen en el Evangelio fueron sellados con el Espíritu Santo.


Este himno paulino contiene el punto de vista de la historia que san Buenaventura ha contribuido a difundir en la Iglesia: toda la historia tiene como centro a Cristo, el cual garantiza también novedad y renovación a cada época. En Jesús, Dios ha hablado y ha dado todo, y ya que Él es un tesoro inagotable, el Espíritu Santo no deja nunca de revelar y actualizar su misterio. Por lo tanto, la obra de Cristo y de la Iglesia no vuelve hacia atrás nunca, sino que avanza siempre.


Queridos amigos, invoquemos a María Santísima, a quien mañana celebraremos como la Virgen del Monte Carmelo, para que nos ayude, como san Francisco y san Buenaventura, para responder generosamente al llamado del Señor, para proclamar su Evangelio de salvación con la palabra y sobre todo con la vida.


Traducción de original italiano por José Antonio Varela V.



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10 julio 2012

JESÚS ES EL MILAGRO MÁS GRANDE: TODO EL AMOR DE DIOS CONTENIDO EN UN CORAZÓN HUMANO | Razones para creer



De Razones para creer , por Rafael de la Piedra



CIUDAD DEL VATICANO, domingo 8 julio 2012 (ZENIT.org).- Desde el mediodía del martes 3 de julio, el santo padre Benedicto XVI se encuentra en la residencia pontificia de Castel Gandolfo para pasar el periodo de reposo estival.


A las 12 horas de hoy, el Papa se asomó al balcón del patio del Palacio Apostólico de Castel Gandolfo y recitó el Ángelus junto a los fieles y peregrinos presentes. Ofrecemos las palabras del Papa al introducir la oración mariana.


¡Queridos hermanos y hermanas!


Voy a referirme brevemente a la página evangélica de este domingo, un texto que dio vida a la famosa frase “Nadie es profeta en su patria”, es decir, que ningún profeta es bien recibido entre las personas que lo vieron crecer (cf. Mc. 6,4). De hecho, después de que Jesús, cercano a los treinta años, había dejado Nazaret y ya desde hacía un tiempo estaba predicando y obrando y curando por otros lugares, regresó una vez a su pueblo y se puso a enseñar en la sinagoga. Sus conciudadanos “permanecieron sorprendidos” por su sabiduría y, a sabiendas de él como el “hijo de María”, el “carpintero”, que había vivido en medio de ellos, en lugar de acogerlo con fe se escandalizaban de Él. (cf. Mc. 6, 2-3).


Este hecho es comprensible, porque la familiaridad en el plano humano hace que sea difícil ir más allá y abrirse a la dimensión divina. Jesús mismo aplica como ejemplo la experiencia de los profetas de Israel, que en su propia casa habían sido objeto de desprecio, y se identifica con ellos. Debido a esta cerrazón espiritual, Jesús de Nazaret no podía realizar en Nazaret “ningún milagro, a excepción de unos pocos enfermos a quienes curó imponiéndoles las manos” (Mc. 6,5). De hecho, los milagros de Cristo no son una exhibición de poder, sino los signos del amor de Dios, que tiene lugar allí donde encuentra la fe del hombre.


Orígenes escribe: “Así como para los cuerpos hay una atracción natural de unos hacia los otros, como el imán al hierro, así tal fe ejercita una atracción sobre el poder divino” (Comentario al Evangelio de Mateo 10, 19).


Por tanto, parece que Jesús -como se dice- se de a sí mismo una razón de la mala acogida que encuentra en Nazaret. En cambio, al final de la historia, nos encontramos con una observación que dice todo lo contrario. El evangelista escribe que Jesús “se maravilló de su falta de fe” (Mc. 6,6). Ante el asombro de sus conciudadanos, que se escandalizan, se da el maravillarse de Jesús. ¡También él, en un cierto sentido, se escandaliza! A pesar de saber que ningún profeta es bien recibido en su tierra, sin embargo la cerrazón del corazón de su gente sigue siendo para él oscura, impenetrable: ¿Cómo es posible que no reconozcan la luz de la Verdad? ¿Por qué no se abren a la bondad de Dios, que quiso compartir nuestra humanidad?


De hecho, el hombre Jesús de Nazaret es la transparencia de Dios, en Él Dios permanece plenamente. Y aunque siempre buscamos otros signos, otros milagros, no nos damos cuenta que el Signo real es Él, Dios hecho carne, Él es el milagro más grande del universo: todo el amor de Dios contenido en un corazón humano, en el rostro de un hombre.


Alguien que ha entendido verdaderamente esta realidad es la Virgen María, feliz porque ha creído (cf. Lc. 1,45). María no se escandalizó de su Hijo: su asombro por Él está lleno de fe, lleno de amor y de alegría, al verlo tan humano y a la vez tan divino. Aprendemos de ella, nuestra Madre en la fe, a reconocer en la humanidad de Cristo la revelación perfecta de Dios.


Traducción del original italiano por José Antonio Varela V.

©Librería Editorial Vaticana



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04 julio 2012

Müller y la Teología de la Liberación | Razones para creer



De Razones para creer , por Rafael de la Piedra



La Santa Sede solo condena la que adopta el análisis marxista. Los pasos olvidados del documento que contribuyó a crear el cliché de Ratzinger “panzerkardinal”


Por: ANDREA TORNIELLI

De: http://vaticaninsider.lastampa.it


En ocasión del nombramiento del nuevo Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el obispo alemán Gerhard Ludwig Müller, se ha citado su vínculo con Gustavo Gutiérrez, uno de los padres de la Teología de la Liberación. Se difundió la idea de que Juan Pablo II y el entonces cardenal Joseph Ratzinger, Prefecto del ex Santo Oficio, condenaron sin cuartel esta teología, por lo que la relación entre un obispo y un teólogo de la liberación (que, además, nunca fue condenado o sancionado por Roma) sería un elemento “sospechoso”.


En realidad, la instrucción “Libertatis nuntio”, publicada por la Congregación para la Doctrina de la Fe el 6 de agosto de 1984, advertía sobre los riesgos y las desviaciones de la Teología de la Liberación que adoptaba el análisis marxista de la realidad. Eran los años en los que, en el “Continente de la esperanza”, había dictaduras y una parte de la Iglesia se había declarado de la parte de algunos movimientos de liberación de carácter marxista, aunque el viaje del Papa Wojtyla a Puebla, en 1979, para la reunión de los obispos del Celam hubiera marcado un cambio.


Eran los años de Regan, y los Estados Unidos estaban combatiendo con todos sus recursos en contra del “imperio del mal” soviético: una batalla crucial se estaba librando justamente en América Latina. Sin embargo, no toda la Teología de la Liberación (que nació en América Latina durante los años post-conciliares) estaba en la mira de la Congregación, así como tampoco su «opción preferencial por los pobres». Era solamente el análisis marxista que algunos teólogos utilizaban lo que se condenaba.


El documento hablaba, efectivamente, de la «tentación de reducir el Evangelio de la salvación a un evangelio terrestre», con el riesgo de «olvidar el ingente trabajo desinteresado desarrollado por cristianos, pastores, sacerdotes, religiosos o laicos». Rechazaba los «a priori ideológicos» que se usaban como presupuestos para la lectura de la realidad social por parte de una cierta teología, que presentaba la lucha de clases como «una ley objetiva, necesaria» y hacía creer que «entrando en su proceso, al lado de los oprimidos, se «hace» la verdad, se actúa «científicamente».


En consecuencia, la concepción de la verdad va a la par con la afirmación de la violencia necesaria, y por ello con la del amoralismo político». La eucaristía se transformaba en «celebración del pueblo en lucha», se identifica «el Reino de Dios y su devenir con el movimiento de la liberación humana».


Fue justamente con la publicación de “Libertatis nuntio” que el cardenal Joseph Ratzinger, que había llegado algunos años antes al dicasterio doctrinal de la Santa Sede, comienza a ser identificado como el “enemigo” de los teólogos más abiertos, el “asesino” de las esperanzas que el Concilio había suscitado en los países pobres. Y lo que llega de la Iglesia católica wojtyliana se hace pasar como señal de apoyo a los regímenes anticomunistas que gobiernan diferentes estados del área latinoamericana.


Sin embargo, leyendo íntegramente ese primer primer documento sobre la Teología de la Liberación, se descubren pasajes que demuestran lo contrario. «Esta llamada de atención de ninguna manera debe interpretarse como una desautorización de todos aquellos que quieren responder generosamente y con auténtico espíritu evangélico a “la opción preferencial por los pobres”».


La Instrucción de la Doctrina de la Fe «de ninguna manera podrá servir de pretexto para quienes se atrincheran en una actitud de neutralidad y de indiferencia ante los trágicos y urgentes problemas de la miseria y de la injusticia. Al contrario, obedece a la certeza de que las graves desviaciones ideológicas que señala conducen inevitablemente a traicionar la causa de los pobres».


«Hoy más que nunca –sigue el documento–, es necesario que la fe de numerosos cristianos sea iluminada y que éstos estén resueltos a vivir la vida cristiana integralmente, comprometiéndose en la lucha por la justicia, la libertad y la dignidad humana, por amor a sus hermanos desheredados, oprimidos o perseguidos. Más que nunca, la Iglesia se propone condenar los abusos, las injusticias y los ataques a la libertad, donde se registren y de donde provengan, y luchar, con sus propios medios, por la defensa y promoción de los derechos del hombre, especialmente en la persona de los pobres».


La Instrucción, además, sostiene que «el escándalo de irritantes desigualdades entre ricos y pobres ya no se tolera», y que «la llamada de atención contra las graves desviaciones de ciertas «teologías de la liberación» de ninguna manera debe ser interpretada como una aprobación, aun indirecta, dada a quienes contribuyen al mantenimiento de la miseria de los pueblos, a quienes se aprovechan de ella, a quienes se resignan o a quienes deja indiferentes esta miseria. La Iglesia, guiada por el Evangelio de la Misericordia y por el amor al hombre, escucha el clamor por la justicia 28 y quiere responder a él con todas sus fuerzas».


Al final del documento, no falta incluso una referencia al papel de los obispos, particularmente significativo para los exopentes de la jerarquía católica considerados demasiado “suaves” con el poder, cuando no parte del mismo. «A los defensores de “la ortodoxia”, se dirige a veces el reproche de pasividad, de indulgencia o de complicidad culpables respecto a situaciones de injusticia intolerables y de los regímenes políticos que las mantienen. La conversión espiritual, la intensidad del amor a Dios y al prójimo, el celo por la justicia y la paz, el sentido evangélico de los pobres y de la pobreza, son requeridos a todos, y especialmente a los pastores y a los responsables. La preocupación por la pureza de la fe ha de ir unida a la preocupación por aportar, con una vida teologal integral, la respuesta de un testimonio eficaz de servicio al prójimo, y particularmente al pobre y al oprimido».


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09 junio 2012

La adoración al Santísimo crea el mejor «ambiente espiritual» para asistir «bien y en verdad» a misa | Razones para creer



De Razones para creer , por Rafael de la Piedra



ROMA, jueves 7 junio 2012 (ZENIT.org).- A las 19 horas de este jueves, Solemnidad del santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, el santo padre Benedicto XVI celebró la Santa Misa ante la basílica de San Juan de Letrán. Presidió luego la procesión eucarística que, recorriendo via Merulana, llegó hasta la basílica de Santa María la Mayor. Publicamos la homilía que el Papa dirigió a los fieles en el curso de la celebración eucarística.


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¡Queridos hermanos y hermanas!


Esta tarde querría meditar con vosotros sobre dos aspectos, entre ellos conectados, del Misterio eucarístico: el culto de la Eucaristía y su sacralidad.


Es importante volverlos a tomar en consideración para preservarlos de visiones no completas del Misterio mismo, como aquellas que se han dado en el reciente pasado.


Sobre todo, una reflexión sobre el valor del culto eucarístico, en particular de la adoración del Santísimo Sacramento. Es la experiencia que también esta tarde viviremos tras la Misa, antes de la procesión, durante su desarrollo y al término. Una interpretación unilateral del Concilio Vaticano II ha penalizado esta dimensión, restringiendo en práctica la Eucaristía al momento celebrativo. En efecto, ha sido muy importante reconocer la centralidad de la celebración, en la que el Señor convoca a su pueblo, lo reúne en torno a la doble mesa de la Palabra y del Pan de vida, lo nutre y lo une a Sí en la ofrenda del Sacrificio.


Esta valorización de la asamblea litúrgica, en la que el Señor actúa y realiza su misterio de comunión, sigue siendo naturalmente válida, pero debe resituarse en el justo equilibrio. En efecto –como a menudo sucede- para subrayar un aspecto se acaba por sacrificar otro. En este caso, la acentuación sobre la celebración de la Eucaristía ha ido en detrimento de la adoración, como acto de fe y de oración dirigido al Señor Jesús, realmente presente en el Sacramento del altar.


Este desequilibrio ha tenido repercusiones también sobre la vida espiritual de los fieles. En efecto, concentrando toda la relación con Jesús Eucaristía en el único momento de la Santa Misa, se corre el riesgo de vaciar de su presencia el resto del tiempo y del espacio existenciales. Y así se percibe menos el sentido de la presencia constante de Jesús en medio de nosotros y con nosotros, una presencia concreta, cercana, entre nuestras casas, como “Corazón latiente” de la ciudad, del país, del territorio con sus diversas expresiones y actividades. El Sacramento de la Caridad de Cristo debe permear toda la vida cotidiana.


En realidad es equivocado contraponer la celebración y la adoración, como si estuvieran en competencia. Es justo lo contrario: el culto del Santísimo Sacramento es como el “ambiente” espiritual dentro del que la comunidad puede celebrar bien y en verdad la Eucaristía. Sólo si es precedida, acompañada y seguida de esta actitud interior de fe y de adoración, la acción litúrgica puede expresar su pleno significado y valor. El encuentro con Jesús en la Santa Misa se realiza verdadera y plenamente cuando la comunidad es capaz de reconocer que El, en el Sacramento, habita su casa, nos espera, nos invita a su mesa, y luego, después de que la asamblea se ha disuelto, permanece con nosotros, con su presencia discreta y silenciosa, y nos acompaña con su intercesión, recogiendo nuestro sacrificios espirituales y ofreciéndolos al Padre.


En este sentido, me gusta subrayar la experiencia que viviremos esta tarde juntos. En el momento de la adoración, estamos todos al mismo nivel, de rodillas ante el Sacramento del Amor. El sacerdocio común y el ministerial se encuentran unidos en el culto eucarístico. Es una experiencia muy bella y significativa, que hemos vivido diversas veces en la basílica de San Pedro, y también en las inolvidables vigilias con los jóvenes, recuerdo por ejemplo las de Colonia, Londres, Zagreb y Madrid. Es evidente a todos que estos momentos de vela eucarística preparan la celebración de la Santa Misa, preparan los corazones al encuentro, de manera que este resulta incluso más fructuoso. Estar todos en silencio prolongado ante el Señor presente en su Sacramento, es una de las experiencias más auténticas del nuestro ser Iglesia, que se acompaña en modo complementario con la de celebrar la Eucaristía, escuchando la Palabra de Dios, cantando, acercándose juntos a la mesa del Pan de vida.



Comunión y contemplación no se pueden separar, van juntos. Para comunicar verdaderamente con otra persona debo conocerla, saber estar en silencio cerca de ella, escucharla, mirarla con amor. El verdadero amor y la verdadera amistad viven siempre de esta reciprocidad de miradas, de silencios intensos, elocuentes, plenos de respeto y veneración, de manera que el encuentro se viva profundamente, de modo personal y no superficial. Y lamentablemente, si falta esta dimensión, incluso la misma comunión sacramental puede llegar a ser, por nuestra parte, un gesto superficial. En cambio, en la verdadera comunión, preparada por el coloquio de la oración y de la vida, podemos decir al Señor palabras de confianza, como las que han resonado hace poco en el Salmo responsorial: “Yo soy tu siervo, hijo de tu esclava:/ tu has roto mis cadenas./ Te ofreceré un sacrificio de alabanza/ e invocaré el nombre del señor” (Sal 115,16-17).


Ahora querría pasar brevemente al segundo aspecto: la sacralidad de la Eucaristía. También aquí hemos sufrido en el pasado reciente un cierto malentendido del mensaje auténtico de la Sagrada Escritura. La novedad cristiana respecto al culto ha sido influenciada por una cierta mentalidad secular de los años sesenta y setenta del siglo pasado. Es verdad, y sigue siendo siempre válido, que el centro del culto ya no está en los ritos y en los sacrificios antiguos, sino en Cristo mismo, en su persona, en su vida, en su misterio pascual. Y sin embargo de esta novedad fundamental no se debe concluir que lo sacro no exista ya, sino que ha encontrado su cumplimiento en Jesucristo, Amor divino encarnado. La Carta a los Hebreos, que hemos escuchado esta tarde en la segunda lectura, nos habla precisamente de la novedad del sacerdocio de Cristo, “sumo sacerdote de los bienes futuros” (Heb 9,11), pero no dice que el sacerdocio se haya acabado. Cristo “es mediador de una alianza nueva” (Heb 9,15), establecida en su sangre, que purifica “nuestra conciencia de las obras de muerte” (Heb 9,14).


El no ha abolido lo sagrado, sino que lo ha llevado a cumplimiento, inaugurando un nuevo culto, que es sí plenamente espiritual pero que sin embargo, mientras estamos en camino en el tiempo, se sirve todavía de signos y ritos, que desaparecerán sólo al final, en la Jerusalén celeste, donde no habrá ya ningún templo (cfr Ap 21,22). Gracias a Cristo, la sacralidad es más verdadera, más intensa, y, como sucede para los mandamientos, ¡también más exigente! No basta la observancia ritual, sino que se exige la purificación del corazón y la implicación de la vida.


Me gusta también subrayar que lo sacro tiene una función educativa, y su desaparición inevitablemente empobrece la cultura, en especial la formación de las nuevas generaciones. Si, por ejemplo, en nombre de una fe secularizada y no necesitada ya de signos sacros, fuera abolida esta procesión ciudadana del Corpus Domini, el perfil espiritual de Roma resultaría “aplanado”, y nuestra conciencia personal y comunitaria quedaría debilitada. O pensemos en una madre o un padre que, en nombre de una fe desacralizada, privaran a sus hijos de toda ritualidad religiosa: en realidad acabarían por dejar el campo libre a los tantos sucedáneos presentes en la sociedad de los consumos, a otros ritos y otros signos, que más fácilmente podrían convertirse en ídolos. Dios, nuestro Padre, no ha hecho así con la humanidad: ha enviado a su Hijo al mundo no para abolir, cino para dar cumplimiento también a lo sacro.


En el culmen de esta misión, en la Última Cena, Jesús instituyó el Sacramento pascual. Actuando así se puso a sí mismo en el lugar de los sacrificios antiguos, pero hizo dentro de un rito, que mandó a los apóstoles perpetuar, como signo supremo del verdadero Sacro, que es El mismo. Con esta fe, queridos hermanos y hermanas, celebramos hoy y cada día el Misterio eucarístico y lo adoramos como centro de nuestra vida y corazón del mundo. Amén.


©Librería Editorial Vaticana


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