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08 diciembre 2012

Llena de gracia | La Puerta de Damasco

De La Puerta de Damasco , por Guillermo Juan Morado



Homilía para solemnidad de la Inmaculada Concepción de Santa María Virgen


En la Anunciación a María el ángel Gabriel le dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc 1,28). “Llena de gracia” es – ha dicho Benedicto XVI – “el nombre más hermoso de María”. La Virgen es la “kecharitomene”, la que ha estado y sigue estando llena del favor divino.


San Pablo escribe, en la Carta a los Romanos, que “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rom 5,20). El pecado ha introducido un desorden en la creación y en la historia de la humanidad, pero no ha podido hacer fracasar el plan de Dios.


En el libro del Génesis, el relato de la caída incluye también una promesa de victoria. El Señor Dios dijo a la serpiente: “pongo hostilidad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia; esta te aplastará la cabeza, cuando tú la hieras en el talón” (Gen 3,15).


La Iglesia, que “no deriva solamente de la Sagrada Escritura su certeza acerca de todas las verdades reveladas” (DV 9), sino de la Sagrada Escritura unida a la Tradición, ha visto en ese pasaje del Génesis una profecía de lo que había de suceder en Cristo y en María: la victoria de Jesús sobre el mal. Una victoria a la que, de modo singular, está asociada su Madre.


Poco a poco, partiendo del paralelismo antitético existente entre Eva – la primera mujer - y María – la nueva mujer - , la Iglesia ha tomado conciencia explícita de que la santidad de Dios reclama la santidad absoluta de María. De una manera muy gráfica lo expresa San Cirilo de Alejandría en una homilía contra Nestorio: “¿Quién oyó nunca que el arquitecto, cuando edifica una casa para él mismo, cede primero a su enemigo la ocupación y habitación de ella?”.


María es más que la casa en la que Dios habita: es la Madre de Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre. Es la Madre de Dios. En Ella el proyecto creador de Dios no se ve ensombrecido por ninguna mancha. La Virgen es la Purísima, “la pureza en persona, en el sentido de que en Ella espíritu, alma y cuerpo son plenamente coherentes entre sí y con la voluntad de Dios” (Benedicto XVI).


La solemnidad de la Inmaculada tiene sus orígenes en Oriente, en los siglos VII y VIII, y paulatinamente se extendió a Occidente y a toda la Iglesia. Algunos teólogos se resistían a aceptar la Inmaculada Concepción de María porque no veían compatible esa verdad con la redención universal obrada por Cristo.


Esta dificultad fue solucionada por el beato Duns Scoto: Cristo es el Redentor de todos; también el Redentor de su Madre, a quien redimió preservándola del pecado original y haciendo que desde el primer instante de su existencia recibiese la plenitud de la gracia.


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18 noviembre 2012

Lo penúltimo y lo último | La Puerta de Damasco

De La Puerta de Damasco , por Guillermo Juan Morado



Homilía para el Domingo XXXIII del TO (ciclo B)


El profeta Daniel vincula la venida del Mesías con el fin de los tiempos y la resurrección de los muertos (cf Dan 12,1-3). Se trata de un anuncio esperanzado: “Los sabios brillarán como el fulgor del firmamento, y los que enseñaron a muchos la justicia, como las estrellas, por toda la eternidad”.


Jesús, en un lenguaje parecido, profetiza la desintegración del universo y el retorno del Hijo del Hombre en gloria (cf Mc 13,24-32). ¿Qué significa esta profecía? Ante todo que Él – el Hijo del Hombre - es el Señor del cosmos y de la historia. El cosmos y la historia no constituyen lo último sino lo penúltimo. Es decir, la creación entera y la historia de la humanidad no encuentran su culminación en sí mismas, sino en Jesucristo, el Hijo de Dios.


Una tentación permanente que nos acecha es la de confundir lo penúltimo – lo provisorio – con lo último – lo definitivo - . Esta tentación es una impostura (cf Catecismo 676), un engaño. El cosmos no sustituye a Dios ni el hombre puede redimirse a sí mismo. Debemos trabajar, colaborando con Dios, para mejorar el mundo y para edificar, con su ayuda, una sociedad más justa. Pero solo Él podrá, en última instancia, instaurar la justicia y transformar el cielo y la tierra en un nuevo cielo y en una nueva tierra. Solo Dios, en Cristo, puede triunfar sobre el mal que perpetuamente nos amenaza.


“Jesucristo es Señor: posee todo poder en los cielos y en la tierra” (Catecismo 668). En su humanidad, participa en el poder y en la autoridad de Dios mismo. Todo fue creado por Él y para Él. Todo tiene en Él su consistencia y su plenitud. La salvación se encuentra no en la cerrazón, sino en la inaudita apertura de Dios al hombre y del hombre a Dios.


Los signos cósmicos que preludian la venida del Señor en la gloria, el oscurecimiento del sol y de la luna y la sacudida del universo, no equivalen a una regresión al caos, como si Dios se arrepintiese de su creación y destruyese finalmente su obra. Dios no destruye lo que ha hecho, sino que lo lleva a su máxima perfección, librando para siempre al mundo y a la historia del poder del mal, del peso del mal, de la huella del mal.


¿Quién no desearía que el mal se acabase? ¿Quién no apostaría por una victoria de la verdad sobre la mentira, de la justicia sobre la injusticia, del amor sobre el odio, de la honradez sobre la impostura? Solo el que viene “sobre las nubes con gran poder y majestad”, solo el que desciende del cielo como Dios, después de haber muerto como víctima inocente, puede cambiar para siempre las cosas. Solo Él puede reunirse con sus elegidos para que los que enseñaron a muchos la justicia brillen, como las estrellas, por toda la eternidad.


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04 noviembre 2012

Escucha, Israel | La Puerta de Damasco

De La Puerta de Damasco , por Guillermo Juan Morado



XXXI Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo B


La llamada de Dios precede a la respuesta del hombre. Y es en esta clave de diálogo cómo se ha de entender la vida moral. Los mandamientos no se imponen como un pesado fardo, como un ideal ético que haya que cumplir a base de esfuerzo, como una especie de reto imposible para el hombre, que carga sobre sí las huellas del pecado: “La existencia moral – enseña el Catecismo – es respuesta a la iniciativa amorosa del Señor. Es reconocimiento, homenaje a Dios y culto de acción de gracias. Es cooperación con el designio de Dios que se propone en la historia” (n. 2062).


“Escucha, Israel” (cf Dt 6, 2-6). El que habla, el que interpela, el que llama solemnemente, es el mismo Dios. Dios, que es Amor, y que lleva la delantera en el amor. El Dios invisible que, en su revelación, “habla a los hombres como amigos, movido por su gran amor y mora con ellos, para invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía” (Dei Verbum, 2). Los mandamientos explicitan “la respuesta de amor que el hombre está llamado a dar a su Dios” (cf Catecismo, 2083).


El “amarás al Señor tu Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas” constituye una invitación a vivir la vida teologal; la existencia cristiana, basada en la fe, la esperanza y la caridad.

La obediencia de la fe es, simultáneamente, la respuesta a la revelación divina y la primera obligación moral que deriva de la escucha de Dios. Amar al Señor es creer, con todo el corazón y con toda el alma, y dar testimonio de esa fe con todas las fuerzas. Amar al Señor es esperar en Él, confiando en que Dios nos dé la capacidad de correspondencia al amor que nos regala y de obrar en conformidad con los mandamientos. Amar al Señor es responder con un amor sincero a la caridad divina.


La vida teologal, que es la vida en Dios, informará las virtudes morales; entre ellas, la virtud de la religión, que nos dispone a adorar a Dios, a orar, a ofrecerle, unido al único y perfecto sacrificio de Cristo (cf Hb 7, 23-28), el sacrificio de nuestra propia vida entregada; que nos impulsa a cumplir los votos y las promesas, y a tributar a Dios, individual y socialmente, un culto auténtico.


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15 septiembre 2012

Y vosotros, ¿quién decís que soy? | La Puerta de Damasco

De La Puerta de Damasco , por Guillermo Juan Morado



Domingo XXIV del TO (Ciclo B)


Jesús pregunta a los suyos sobre su propia identidad. Han escuchado sus palabras y han visto los milagros que realizaba. Sobre esta base pueden ya hacerse una idea ajustada acerca de su naturaleza y de su misión.


Una primera opinión – que responde al interrogante: “¿Quién dice la gente que soy yo?” – recoge, por así decirlo, el sentir popular acerca de Jesús. Unos dicen que es Juan Bautista; otros, que es Elías, y otros, que es uno de los profetas (cf Mc 8,27). La respuesta es inexacta, aunque no completamente desacertada, ya que sitúa a Jesús en la estela de los profetas. Pero Él es más que un profeta.


El Señor no se conforma con esta primera respuesta y se dirige directamente a los discípulos: “Y vosotros, quién decís que soy?” Pedro toma la palabra y da la contestación correcta: “Tú eres el Mesías” (Mc 8,29). Jesús es el rey esperado de Israel, que enseñará al pueblo los rectos caminos de Dios y establecerá el reinado divino sobre la tierra. Pero esta respuesta verdadera no puede ser divulgada hasta después de la muerte y Resurrección del Señor. Solo entonces, con la Pascua, se pondrá de relieve la auténtica esencia de su realeza.


Como un maestro que enseña gradualmente a sus discípulos, el Señor revela a los suyos la singularidad de su mesianismo haciendo una predicción de la pasión: “El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los senadores, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar a los tres días” (Mc 8,31). Así ha sido profetizado por las Escrituras en la figura del Siervo sufriente que ofrece la espalda a los que le golpeaban (cf Is 50,5-9). Dios realiza su plan salvador según unos parámetros que nos desconciertan y nos sorprenden.


Como Pedro, también nosotros podemos tener la tentación de querer instruir al Maestro; de decirle a Dios cómo ha de salvarnos, apartando del camino el escollo de la cruz. Nos parece impropio de Dios el abajamiento terrible de su Hijo, el descenso hasta el abismo del sufrimiento, del dolor y de la muerte. También nosotros, como Pedro, querríamos tal vez un reino terreno, visible, resplandeciente ante los ojos del mundo. Un reino del bien que aplastase definitivamente a los enemigos. Pero ese no parece ser el querer de Dios, que ha optado por el sinsentido y la locura de la cruz. Pedro, sin saberlo, sigue el juego de Satanás. Rechazando el sufrimiento del Mesías rechaza los planes de Dios, intentando poner a Dios a su nivel, reduciéndolo a su altura: “¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!”, le dice Jesús.


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30 agosto 2012

La morada de la obediencia | La Puerta de Damasco

De La Puerta de Damasco , por Guillermo Juan Morado



Domingo XXII TO (B)


“Estos mandatos son vuestra sabiduría” (Dt 4,6). La Ley es presentada en la Escritura como don de Dios y fuente de sabiduría y de vida. Al pueblo, liberado de Egipto, se le otorga la Ley como un primer camino de libertad frente a la esclavitud del pecado; un primer camino que anticipa la redención del pecado que realizará Cristo. La obediencia al mandato conduce a la sabiduría, a la “rectitud de juicio según razones divinas” (Santo Tomás).


Nuestra conducta será prudente, y alcanzaremos el grado más alto del conocimiento, si nos dejamos conducir según Dios, en conformidad con sus normas. Nada hay en lo que Dios nos pide que pueda contradecir nuestro bien, y ninguna senda es más razonable que la obediencia libre a su Palabra.


La obediencia es un elemento intrínseco de la fe y de la práctica de la misma. Creer es obedecer; es la antítesis del orgullo y de la autosuficiencia. La revelación, la Palabra de Dios, es mensaje y mandato, enseñanza y ley. La fe es, simultáneamente, confianza y sumisión; entrega de todo el hombre, también de su razón, a Dios. La obstinación, la confianza excesiva en el propio juicio, hace imposible la fe.


Creer es depender. Éste es el reto que el Evangelio no oculta ni disimula: “Aceptad dócilmente la Palabra que ha sido plantada y es capaz de salvarnos” (Sant 1, 21). Es necesario escuchar y actuar; conocer y cumplir. Como al joven rico, Jesús nos dice a cada uno: “Uno sólo es el Bueno. Pero si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos” (Mt 19, 17).


La docilidad permite que, de modo suave y apacible, penetre la enseñanza de Dios en la profundidad de nuestro corazón, en lo más hondo de nosotros mismos, de donde brotan nuestras decisiones. Por eso la morada de la obediencia es el corazón.


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21 agosto 2012

Venid a comer mi pan y a beber el vino | La Puerta de Damasco

De La Puerta de Damasco , por Guillermo Juan Morado



XX Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo B


La Sabiduría construye su casa y prepara el banquete: “Venid a comer mi pan y a beber mi vino que he mezclado”, nos dice el libro de los Proverbios. Dios se comunica con el hombre mediante el signo del banquete, de la comida, de la comunión. Si el inexperto y falto de juicio quiere compartir la sabiduría de Dios, ha de acudir a ese banquete, para seguir el camino de la prudencia.



Podemos ver esa Sabiduría como una anticipación de Jesucristo. Él es, en persona, la Sabiduría de Dios, que resplandece en la paradoja de la Cruz (cf 1 Cor 1,24-25). Él ha venido a su casa, ha acampado entre nosotros (cf Jn 1,11.14), para prepararnos el banquete de la vida.


Lo recuerda San Pablo en la primera carta a los Corintios: “el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó un pan, y pronunciando la acción de Gracias, lo partió y dijo: ‘Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía’. Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: ‘Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que bebáis, en memoria mía’ ” (1 Cor 11,23-25).



La Eucaristía no es un puro símbolo de la entrega de Jesucristo; es mucho más, es el memorial de su vida, de su muerte, de su resurrección, de su intercesión ante el Padre (cf Catecismo 1341). Participar en su banquete es permitir que Él siga siendo para nosotros el Pan de la vida: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida” (Jn 6, 55).



Difícilmente se podría exagerar el realismo de estas palabras, en las que el Señor nos dirige una invitación urgente a recibirle, a acrecentar nuestra unión con Él, la Palabra encarnada, la Sabiduría que tiene cuerpo y sangre, rostro crucificado y glorificado.


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15 agosto 2012

La Asunción de María | La Puerta de Damasco

De La Puerta de Damasco , por Guillermo Juan Morado



La Asunción de Nuestra Señora. El premio de la gloria


Los primeros cristianos tenían conciencia viva de ser ciudadanos del cielo, donde nos aguarda Cristo. Esperaban la vida eterna. También nosotros, y todos los hombres, esperamos una vida que valga la pena: “una vida que es plenamente vida y por eso no está sometida a la muerte” (Benedicto XVI).


¿En qué consiste la gloria? ¿En qué consiste la vida eterna? En conocer y amar a Dios: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo” (Jn 17,3). La vida es conocimiento y relación. “Conocer” es algo más que tener noticia de un acontecimiento.


Conocer es, como enseña Benedicto XVI, “llegar a ser interiormente una

sola cosa con el otro”: “Conocer a Dios, conocer a Cristo, siempre significa también amarlo, llegar a ser de algún modo una sola cosa con él en virtud del conocer y del amar”.


Vivir de verdad es ser amigo de Jesús. La amistad con Él se expresa en toda la existencia: con la bondad del corazón, con la humildad, la mansedumbre y la misericordia, el amor por la justicia y la verdad, el empeño sincero y honesto por la paz y la reconciliación. “Éste, podríamos decir, es el «documento de identidad» que nos cualifica como sus auténticos «amigos»; éste es el «pasaporte» que nos permitirá entrar en la vida eterna”, explicaba el Papa Benedicto.


En la Santísima Virgen María vemos reflejada esta vida plena. Su conocimiento de Cristo, de su Hijo, es indisociablemente amor a Cristo y unión con Él. La Madre es la perfecta discípula, aquella que escucha su palabra, la conserva en su corazón y da fruto en la perseverancia.


El Cielo es la coronación del plan divino de la salvación. Cristo es la Puerta del Cielo y el premio de la gloria: “Mi vivir es Cristo”, dice San Pablo. María, con su fe, nos abrió la puerta de la vida eterna, el acceso a Jesucristo; a ese futuro, pregustado en la fe, que “ni el ojo vio, ni el oído oyó” (1 Cor 2,9).


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09 agosto 2012

El camino es superior a tus fuerzas | La Puerta de Damasco

De La Puerta de Damasco , por Guillermo Juan Morado



XIX Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo B


En el libro primero de los Reyes se cuenta como un enviado de Dios, “el ángel del Señor”, despierta al profeta Elías y le dice: “Levántate, come, que el camino es superior a tus fuerzas” (1 Reyes 19, 7). Con el alimento que Dios le había proporcionado – un pan cocido en las brasas y una jarra de agua -, Elías pudo caminar y llegar hasta el Horeb, el monte de Dios.



La experiencia de Elías, el agotamiento al descubrir que el camino es superior a las propias fuerzas, y la tentación de “sentarse bajo una retama” y desear la muerte, puede ejemplificar nuestra personal experiencia y la de cada hombre que tiene que recorrer el camino de la vida. ¿Quién se siente siempre a la altura de los propios retos, de las propias responsabilidades, de las propias tareas? Sí, verdaderamente, el camino es a veces superior a las fuerzas.


Si esta desproporción entre fuerzas y tareas se verifica en la existencia humana, se constata también en la vida de fe. La fe no es un camino paralelo o yuxtapuesto al de la vida. Es el mismo camino, pero iluminado por la luz serena de saberlo recorrido en Dios, con Dios y para Dios. ¿Quién podría, contando sólo consigo mismo, cumplir todos los mandamientos? ¿Quién podría, apoyado en su esfuerzo, vivir esa ética del amor que San Pablo perfila en la Carta a los Efesios: “Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda maldad. Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo” (Efesios 4, 31-32)?


Como a Elías, Dios no nos deja solos en el camino de la vida ni en el camino de la fe. Dios provee el alimento. Pero este alimento ya no va a ser, simplemente, un poco de pan cocido en las brasas, sino el mismo Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre: “Yo soy el pan de la vida. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que coma de este pan vivirá para siempre” (Juan 6, 48.51).


La Palabra que es Cristo es el auténtico viático, el alimento para el camino. Creer en Él es alimentarse y fortalecerse para poder andar y llegar a la meta, que ya no es el Horeb, sino la vida eterna. La fe establece la comunión íntima con Cristo, posibilita nuestra asimilación a Él, introduciéndonos en su vida, capacitándonos con su fuerza.


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04 agosto 2012

El que viene a mí | La Puerta de Damasco

De La Puerta de Damasco , por Guillermo Juan Morado



XVIII Domingo del Tiempo Ordinario (B)


La figura de Moisés guiando al pueblo de Israel en su travesía por el desierto sirve de contrapunto a la figura de Jesús, el Moisés definitivo. Dios hizo llover el pan del cielo para saciar el hambre de los israelitas (cf Ex 16,2-4.12-15). “Dio orden a las altas nubes, abrió las compuertas del cielo: Hizo llover sobre ellos maná, les dio un trigo celeste”, proclama el Salmo 77.


La salvación que Dios ofrece va más allá del alimento corporal: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4). El hombre necesita el alimento para poder vivir, pero necesita también que la palabra de Dios oriente su caminar por este mundo proporcionando luz y sentido para la existencia. El maná, el trigo celeste, evoca así un alimento más alto: la Ley, la palabra de Dios que guiaba al pueblo.


Jesús reprocha a la gente el haberse quedado en un nivel muy primario en la interpretación del signo de la multiplicación de los panes y de los peces: “Os lo aseguro: me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura, dando vida eterna” (Jn 6,26-27).


Limitarse a cubrir las necesidades materiales equivale a despreciar la abundancia de la salvación que Dios nos ofrece. El Concilio Vaticano II advierte que “son muchísimos los que, tarados en su vida por el materialismo práctico”, no quieren saber nada sobre las preguntas fundamentales acerca de la auténtica condición humana (cf GS 10). Debemos abrir las puertas de nuestro corazón para que Dios pueda entrar en nuestras vidas, sin dejarnos empequeñecer por la búsqueda imparable del bienestar.


Jesús también va más allá de las expectativas de sus oyentes cuando contesta a la pregunta que le formulan: “¿Cómo podemos ocuparnos en los trabajos que Dios quiere?” (Jn 6,28). El Señor no les propone una lista de obras que han de hacer para estar en regla con Dios. No se trata, primeramente, de hacer, sino de creer : “Este es el trabajo que Dios quiere: que creáis en el que Él ha enviado” (Jn 6,29).


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20 julio 2012

Se puso a enseñarles con calma | La Puerta de Damasco



De La Puerta de Damasco , por Guillermo Juan Morado



Homilía para el Domingo XVI del TO (ciclo B)


El Evangelio nos acerca al corazón de Cristo; un corazón humano que expresa el amor, humano y divino, con que el Señor ama a todos y a cada uno de nosotros. Los Apóstoles son los primeros que se acogen a la recomendación de Jesús: “Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré […] que soy manso y humilde de corazón” (Mateo 11, 28-29).


Hasta tal punto han experimentado este descanso que, después de agotadoras jornadas de trabajo pastoral, no dudan en acercarse al Señor para contarle “todo lo que habían hecho y enseñado” (Marcos 6, 30-34). Jesús se aparta con ellos a un sitio tranquilo, para escucharlos pacientemente. Conmueve esta intimidad, esta cercanía, de Jesús con los suyos. Aquellos que han sido elegidos para pastorear en su nombre al Pueblo de Dios son, primeramente, los destinatarios de la atención de ese Buen Pastor que es el mismo Dios, el Hijo de Dios hecho hombre.


En Jesús se cumplen las profecías que anunciaban que Dios sería el pastor de su pueblo (cf Jeremías 23, 1-6). Un pastor que no dispersa a las ovejas, ni las deja perecer, sino que las reúne y las vuelve a traer a sus dehesas. Los apóstoles, al reunirse con Jesús, podían recitar, sin duda alguna, las palabras del Salmo 22: “El Señor es mi pastor, nada me falta. En verdes praderas me hace recostar. Me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas”.


Pero el corazón de Cristo no es un corazón limitado, sino un corazón dilatado infinitamente, en el que todos tienen cabida. No por ocuparse más detenidamente de los suyos se olvida de las muchedumbres, de aquellas multitudes que acuden también a Él porque lo habían reconocido. Jesús ve esa multitud de personas que corren en busca de sentido, de orientación, de sanación, de salvación, y siente lástima de ellos, “porque andaban como ovejas sin pastor”. Y el Señor “se puso a enseñarles con calma”.


Hay, por consiguiente, una relación interna entre el amor del corazón de Cristo y su enseñanza. Su enseñanza brota de su amor, de su cercanía, de su compasión. Realmente no se pueden separar, en Jesús, su persona y su enseñanza. Él es, en persona, la enseñanza, la Palabra, el “Verbo encarnado y vivo” (cf Catecismo de la Iglesia Católica, 108).


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13 julio 2012

La Virgen del Carmen y los hombres del mar | La Puerta de Damasco



De La Puerta de Damasco , por Guillermo Juan Morado



La devoción a Nuestra Señora del Carmen está muy afianzada en el pueblo cristiano, especialmente entre los hombres del mar. En 1982, en su primera visita a Santiago de Compostela, Juan Pablo II hacía referencia a esta veneración: “Que la Virgen del Carmen, cuyas imágenes se asoman a las rías que hacen la belleza de esta tierra gallega, os acompañe siempre”.


María es saludada desde muy antiguo como “Estrella del mar” y “Flor del Carmelo”. Se dice que en el monte Carmelo, una montaña de Palestina - al Norte de Israel - que se asoma al Mediterráneo, los profetas Elías y Eliseo establecieron, con sus discípulos, una comunidad de vida eremítica. Por su parte, el título de “Estrella del mar” – “Stella maris” – se basa en una comparación: así como las estrellas dirigen a los navegantes, análogamente los cristianos se dirigen a la gloria, al cielo, orientados por la Virgen.


Es muy interesante el significado simbólico del mar en la Biblia. Representa, por una parte, una fuerza de desorden, una amenaza, una suerte de abismo. Pero, según el Apocalipsis, en la nueva creación renovada por Dios, el mar es signo de una paz luminosa. En ese libro de la Escritura el trono de la gloria divina es descrito como “una especie de mar transparente como el cristal”.


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10 julio 2012

Soportarse a sí mismo | La Puerta de Damasco



De La Puerta de Damasco , por Guillermo Juan Morado



La paciencia no es una virtud que tenga que ver solo con los demás, sino que también está relacionada con uno mismo.


Debemos ser pacientes con las imperfecciones y fallos de los otros. En la convivencia cotidiana nos enervan muchas veces pequeñas cosas: una puerta mal cerrada, algo que se ha dejado descuidadamente fuera de su sitio o, simplemente, lo que los demás hacen siempre que lo que hagan no lo hagan exactamente como nosotros querríamos que lo hiciesen.


A veces se toleran mejor las grandes contrariedades que las pequeñas: “las pequeñas contrariedades suelen molestar más que las grandes, porque son muchas e inoportunas; y las domésticas más que las de fuera”.


Refiriéndose a la paciencia con uno mismo, escribe san Francisco de Sales: “Contando con nuestras debilidades, hemos de aprender a aceptarnos a nosotros mismos, de forma que – sin renunciar a la lucha por alcanzar la perfección - , sepamos aguantarnos y tolerar nuestras propias miserias, conscientes de nuestra pobreza humana”.


Dos verdades se exponen a la vez en este texto: La primera es que no podemos renunciar a la búsqueda de la perfección, de la santidad. La segunda - importante, aunque subordinada a la primera - , es que en ese combate hemos de contar con nuestras limitaciones.


Hay que dar tiempo al tiempo. Ninguna herida cicatriza en un día. No hay que amar las propias imperfecciones, pero sí sufrirlas porque – sigue diciendo el santo doctor – “la humildad se nutre de este sufrimiento”.


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08 julio 2012

Cuando la cercanía se convierte en obstáculo | La Puerta de Damasco



De La Puerta de Damasco , por Guillermo Juan Morado



Homilía para el Domingo XIV del Tiempo Ordinario (ciclo B)


La testarudez y la obstinación de los israelitas experimentada por los profetas (cf Ez 2,2-5) es, igualmente, vivida por Jesús. No es la primera vez que el Señor se ve rechazado. Ya se habían opuesto a Él los endemoniados – “¿Qué tenemos que ver contigo, Jesús Nazareno?” (Mc 1,24) - y las autoridades religiosas – “¿Por qué habla este así? Blasfema” (Mc 2,7) - . Incluso los habitantes de una ciudad no judía le rogaron “que se alejase de su región” (Mc 5,17). Pero nunca, hasta el momento, había sido rechazado en su ciudad natal, en Nazaret, en su tierra, entre sus parientes y en su casa (cf Mc 6,1-6).


Los más próximos deberían ser, en principio, quienes se mostrasen más propicios a la hora de acoger su mensaje. Máxime si, al oírlo hablar en la sinagoga, se asombraban de su sabiduría y de los milagros que brotaban de sus manos. Sin embargo, “desconfiaban de él”, a pesar de que lo habían visto nacer y de que conocían a su madre y a sus familiares cercanos.


¿Cuál es la causa de esta hostilidad? Explicando las parábolas el Señor había advertido que “los que están fuera”, los incrédulos, miran y no ven; oyen y no entienden (cf Mc 4,11-12). Miran las obras de Jesús, sus milagros, pero no llegan a la fe, sino que las atribuyen al poder de Satanás y no a la fuerza de Dios. Oyen la predicación, pero no la entienden y confunden con una blasfemia la proclamación de la misericordia de Dios.


Lo que escandaliza de Jesús es su cercanía; la proximidad inaudita de Dios. Lo que escandaliza es la realidad de la Encarnación por la que el Hijo de Dios, sin dejar de ser Dios, se hizo hombre. Resulta más soportable, para quien quiere obstinarse en no creer, un Dios lejano que renuncia a hacerse presente en nuestras vidas con la novedad de su palabra y con la eficacia de sus acciones. Ante Jesús no se cohíbe “el sarcasmo de los satisfechos” y el “desprecio de los orgullosos” (cf Sal 122).


Jesús se extrañó de la falta de fe de sus convecinos y no pudo hacer allí ningún milagro. Pese a todo, curó a algunos enfermos imponiéndoles las manos. Incluso en medio de un ambiente contrario, de resistencia a creer, Jesús sigue desplegando la potencia de su misericordia.


La actitud de los habitantes de Nazaret puede ser la nuestra. Resulta sorprendente comprobar como muchos, incluso personas que se dicen cristianas, no tienen reparo a la hora de acudir a supuestas vías de salvación que llaman la atención por su exotismo: la astrología, el esoterismo, el ocultismo o el chamanismo. Sin embargo, esas mismas personas se muestran indiferentes ante la humildad de los medios de salvación que Dios nos ofrece: la lectura de la Palabra de Dios, la oración cristiana y los sacramentos instituidos por Jesucristo. Se busca así fuera de la Iglesia lo que en realidad solo se puede encontrar en ella.


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15 junio 2012

Sagrado Corazón de Jesús | La Puerta de Damasco



De La Puerta de Damasco , por Guillermo Juan Morado



El amor de Dios por su Pueblo – por ese pueblo que es una preparación de la Iglesia – es un amor paternal y misericordioso. Israel es visto por Dios como un hijo, a quien se le llama, a quien se le enseña a andar, alzándolo en brazos, atrayéndole con “correas de amor” (cf Os 11,1-9). Un Dios a quien se le “revuelve el corazón” y se le “conmueven las entrañas”. La paternidad de Dios en relación con su Pueblo pone de relieve que Él es el origen primero de todo: su palabra llama a la existencia a lo que no era y forma un pueblo de lo que era un no pueblo.



El misterio fontal, originario, de la paternidad de Dios despeja la incógnita de nuestra procedencia y, a la postre, de nuestro destino. Nuestro camino no es un itinerario inútil que conduce del azar a la nada; venimos de Dios y volvemos a Él. Y ese origen de todo es bondad y solicitud amorosa para con sus hijos; es ternura y clemencia, misericordia que sabe inclinarse sobre nuestra propia miseria para alzarnos sobre el barro de nuestra limitación y de nuestra indigencia. La Iglesia se perfila como nacida de la compasión de Dios; de la capacidad divina de hacerse cargo del sufrimiento, del dolor, del padecimiento de los hombres.


San Pablo, en la carta a los Efesios, pide para los cristianos que el amor sea su raíz y su cimiento (cf Ef 3,17), para que, habitando Cristo en sus corazones por la fe, puedan comprender “lo que trasciende toda filosofía: el amor cristiano” (Ef 3,19). Lo que trasciende toda filosofía, toda sabiduría humana, es lo que solo Dios puede dar: su propio amor que se hace visible en la Cruz de Jesucristo.


Jesús es el Revelador y la Revelación del Padre. En toda su “presencia y manifestación” se expresa humanamente el ser de Dios (cf Dei Verbum, 4); se hace visible la profundidad de su amor.


El corazón del Redentor, traspasado por nuestros pecados y para nuestra salvación (cf Jn 19,31-37), es el corazón sufriente de Dios que, no por debilidad o por imperfección, sino por amor, elige libremente padecer con nosotros, y mucho más que nosotros, todo el mal que asola la tierra. También el lado oscuro de la condición humana, el dolor y el sufrimiento, el mal y el pecado, es asumido para ser redimido en “ese ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es amor en su forma más radical” (Benedicto XVI, Deus caritas est, 12).


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10 junio 2012

Esto es mi cuerpo | La Puerta de Damasco



De La Puerta de Damasco , por Guillermo Juan Morado



La solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo nos impulsa a “venerar” el sagrado misterio de la Eucaristía. “Venerar” es respetar en sumo grado a alguien o algo que lo representa y recuerda. “Venerar” es también tributar culto a Dios y a las realidades sagradas. Perder el sentido de la veneración hacia lo sacro sería un síntoma de alejamiento de la religiosidad y de la fe.



La Iglesia venera la sagrada Eucaristía porque en este Santísimo Sacramento están “contenidos verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo y, por consiguiente, Cristo entero” (Concilio de Trento). Venerar la Eucaristía es venerar a Jesucristo mismo, Dios y hombre, que, por la fuerza de su palabra y la acción del Espíritu Santo, transforma el pan y el vino en su Cuerpo y su Sangre.



En la celebración de la Santa Misa se expresa principalmente esta veneración; no sólo internamente, sino también de modo externo. El evangelio según San Marcos deja constancia de cómo Jesús eligió para celebrar su Cena “una sala grande, arreglada con divanes” (Mc 14,15). La fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía exige que la disposición del templo, la música de la celebración, los ornamentos y los objetos sagrados sean bellos y nobles.



También nosotros, interna y externamente, debemos traslucir este espíritu de veneración cada vez que participamos en la Santa Misa. No podemos asistir a la Eucaristía vestidos de cualquier modo; no podemos estar más pendientes del reloj y de la hora que del Señor; no podemos convertir la celebración de la Pascua de Cristo en un puro trámite, en un mero “cumplimiento”. Las inclinaciones profundas, las genuflexiones bien hechas, la observancia del silencio adorante, el saber arrodillarse cuando es el momento, son gestos que van más allá del formalismo y de la pura corrección.


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26 mayo 2012

Los creyentes se fortalecen creyendo | La Puerta de Damasco



De La Puerta de Damasco , por Guillermo Juan Morado



En “De utilitate credendi” San Agustín afirma que los creyentes “se fortalecen creyendo”. Esta expresión afortunada es recogida por Benedicto XVI en su importante carta apostólica “Porta fidei”, 7.


La fe, la adhesión a Cristo y la aceptación de la revelación que Él es, no es una realidad estática, puntual, sino dinámica, que nos compromete plenamente y a lo largo de toda la vida: desde el bautismo hasta el paso a la vida eterna.


“La fe solo crece y se fortalece creyendo”, insiste el papa. Y de crecimiento y fortaleza estamos necesitados los cristianos. La vida de fe, en analogía con la vida física, debe conocer un desarrollo proporcionado y armónico. Debe ir a más. Creemos, sostenidos por la gracia, pero, siendo dóciles al impulso del Espíritu Santo, podemos creer con mayor intensidad y pureza.


¿En qué reposa la fe, en qué se apoya? En el amor de Cristo, que es la manifestación divina y humana del ser de Dios. Es el amor de Cristo el que nos atrae, el que nos da alegría e impulso para comunicar a los demás el bien de la fe.


Solamente cimentados sobre esa base firme es posible resistir a las presiones, a veces agotadoras, que provienen del exterior y también del interior de nosotros mismos. La incredulidad parece dominarlo todo y encuentra, tantas veces, un eco notable en nuestro corazón.


Muchas veces, siendo creyentes, nos descubrimos a nosotros mismos como ateos o casi ateos. Las pruebas de la vida, el sufrimiento propio o ajeno, la incomodidad de tener que nadar contra corriente atenazan nuestra débil fe: o creemos del todo o, si Dios no lo remedia, podremos incluso dejar de hacerlo.


No hay, nos recuerda el papa, “otra posibilidad para poseer la certeza sobre la propia vida que abandonarse, en un ‘in crescendo’ continuo, en las manos de un amor que se experimenta siempre como más grande porque tiene su origen en Dios” (“Porta fidei”, 7).


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