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28 marzo 2013

«CRISTO CRUCIFICADO, VÍCTIMA DE REDENCIÓN» | Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia




Cristo crucificado,
víctima de redención

❋❋❋❋
El Misterio trascendente de la fe,
iluminado por los dones 
y frutos del Espíritu Santo, 
nos repleta de esperanza, 
haciéndonos vivir en luz amorosa 
de penetrante sabiduría 
el dogma riquísimo 
de nuestra Santa Madre Iglesia
❋❋❋
Jesús en la falda del monte
❋ ❋
“Dios mío, Dios mío,
¿por qué me has desamparado...?”
¡Bienvenido sea el Hombre 
al Seno del Padre!


MADRE TRINIDAD DE LA SANTA MADRE IGLESIA
Fundadora de La Obra de la Iglesia

Colección "Luz en la Noche"
Opúsculo nº 11

11 agosto 2012

"María cruzó el abismo" | Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia


Recojámonos en oración, con María, contemplando el misterio amoroso de su Asunción a los Cielos en cuerpo y alma, con el tema "MARÍA CRUZÓ EL ABISMO", escrito por la Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia:
"Colección Luz en la noche. El misterio de la fe dado en sabiduría amorosa"
Opúsculo número 5: "María es un portento de la gracia" (página 55)



15-10-1972

MARÍA CRUZÓ EL ABISMO

“Assumpta est Maria” que sube a los Cielos,
triunfante y gloriosa, con paso seguro y majestuoso.
Es blanca su alma, sin nada que la impida
volar hacia las Mansiones del Reino de Dios.

La Virgen no tenía ninguna tendencia, ni apetencia,
ni torcedura, ni inclinación que la atrajera
hacia la tierra. María vivió como asunta durante
todo su peregrinar, concluyendo su asunción en
el abrazo del encuentro del Infinito.

La Virgen pasó por la vida con la agilidad de
un rayo, sin posarse por el fango de la tierra, sin
empolvar siquiera su alma inmaculada, sin sentir
en sí las concupiscencias que han sido consecuencia
de la rotura del plan de Dios.

Por lo que, al llegar a las fronteras de la
Eternidad, su cuerpo, unido a su alma en unión
perfecta de abrazo indescriptible, y sin más inclinación
que la de ésta totalmente tomada, poseída
y saturada por Dios, fue llevado por ella a
la Eternidad aquel día glorioso para la Señora
del término de su peregrinación. Su alma atrajo,
levantándolo consigo, al cuerpo, y le hizo atravesar
el Abismo insondable que el pecado había
abierto entre Dios y el hombre, sin sentir ni el
más ligero impedimento.

Era tan suave la Asunción de la Virgen, tan
segura, tan como divina, que las consecuencias
del pecado que nos proporcionó la muerte no
fueron experimentadas por Ella en ese momento
glorioso.

No tenía nada que dejar la Señora toda
Blanca de la Encarnación; no había ninguna cosa
que la inclinara a la tierra; no había, ni en su
cuerpo ni en su alma, más apetencia que una
continua y amorosa ascensión hacia la Luz.